Francisco Serrano, Premio Avuelapluma Letras
Te defines como “extremeño y sentimental”, pero escribes sobre naves y monstruos. ¿Cómo conviven esos dos mundos en tu cabeza?
Es una convivencia sencilla, pese a lo que pueda parecer. Nada impide a las naves espaciales ser extremeñas ni a los monstruos ser sentimentales. No es más que un espacio creativo en el que moverse, en el que dar forma a historias. Y el material de las historias, por extravagantes o fantásticas que sean, siempre proviene de la experiencia humana. En mi caso, de ser extremeño y sentimental, entre otras muchas cosas.
De publicar en editoriales independientes como Episkaia a ganar el Premio Tusquets. ¿Ha cambiado mucho tu forma de escribir al pasar a la “primera división” literaria?
“El corazón revolucionario del mundo”, que es la novela con la que he publicado en Tusquets, la escribí sin poder imaginarme siquiera que podría acabar en una editorial así. Aunque en su superficie no lo parezca, no es una novela que difiera en lo fundamental de mis obras anteriores. Hay una evolución literaria, que la da la propia experiencia y las páginas escritas, pero no un cálculo editorial.
En tus novelas como “Perros del desierto”, el paisaje es casi un personaje. ¿Es Extremadura el escenario invisible de tus mundos apocalípticos?
Extremadura es una constante, aunque no muy evidente, en mi obra al ser el paisaje fundamental, casi exclusivo, de mi infancia y adolescencia. De esa manera no puede evitarse, ni debe uno intentarlo, que se filtre en la obra. Es algo que no tendría sentido y que sirve para distinguirse y expresarse con honestidad.
Nada impide a las naves espaciales ser extremeñas ni a los monstruos ser sentimentales
¿Son los monstruos y las naves espaciales solo una excusa para hablar de lo que realmente nos pasa a los humanos?
Las historias que contamos siempre provienen de la experiencia humana, como dije antes. Por tanto, poco importa que ocurran en lejanos planetas, en una región ficticia de Francia o en el más realista retrato de la vida cotidiana en un periodo histórico determinado. Son estilizaciones de lo que nos ocurre, de las relaciones entre las personas y el lugar que ocupan en el mundo. Las historias siempre nos hablan, por ejemplo, del momento en el que han sido escritas. Nos cuentan qué se temía, a qué se aspiraba. Da lo mismo lo realista o fantasioso que se considere la persona que las escribe. Siempre las escribe desde su realidad y su tiempo y eso es delator.
Has pasado de la ficción climática y los relatos colectivos a una novela histórica como “El corazón revolucionario del mundo”. ¿Qué es lo que te obsesiona de los años 70?
Es una época convulsa, con el mundo dividido de una manera clara, en apariencia mucho más meridiana que hoy en día. El terrorismo internacionalista, la Guerra Fría, el cuestionamiento del mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial… Todo confluye para crear un campo fértil para las historias, para ideas narrativas que expresen tanto los conflictos de aquel momento como los de hoy en día. Muchas de las causas por las que se luchaba en esos años no se han resuelto en absoluto, solo se han vuelto más complejas, más extrañas incluso. Sigue siendo pertinente hablar de los 70.
De Guareña al Premio Tusquets y ahora el reconocimiento en casa. ¿Es este Premio Avuelapluma la señal de que, por muchas naves espaciales que inventes, siempre se vuelve al origen?
No sé si siempre se vuelve, pero para mí es gozoso volver siempre. Nunca me he ido del todo, de hecho, aunque he vivido muchos años fuera. Y siempre volveré. No hay motivo para no hacerlo, al contrario. Es reconfortante y enriquecedor.


































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