Gervasio Sánchez, Premio Avuelapluma Fotografía ‘Juan Guerrero’
Eres de Córdoba, es decir, creciste lejos de cualquier conflicto. ¿Qué te empujó de joven a querer ir precisamente a los lugares donde el mundo se rompe?
La curiosidad me venía desde pequeñito, coleccionando sellos. Nací en Córdoba, pero tuve una vida viajera; crecí entre Barcelona y Tarragona, y a los 25 años me instalé en Zaragoza por imperativo del amor. Quería viajar a esos países lejanos cuyas capitales me sabía de memoria gracias a mi colección. Desde los catorce años ya tenía claro que quería ser periodista; iba al instituto con un periódico bajo el brazo, que compraba cada día con mis ahorros. Me atraía especialmente la sección de internacional por todos los líos que había en el mundo, y a los 17 tenía claro que quería hacer periodismo de conflicto. Pensé que esta profesión era el camino directo para conocer esos lugares y eso fue exactamente lo que hice
Has fotografiado Sarajevo, Kosovo, Sierra Leona, Afganistán… ¿Ha cambiado la guerra en todo ese tiempo o siempre es la misma guerra?
He estado en más de 25 conflictos armados en mis más de 40 años de trayectoria; de hecho, mi primera cobertura en Israel, Gaza y Cisjordania fue en 1982. Lo que ha cambiado radicalmente son las transmisiones y la tecnología bélica. En los años 90, mandar un texto por fax me parecía un milagro y transmitir por satélite desde lugares como Sarajevo costaba hasta 40 dólares el minuto. Hoy puedes enviar cualquier información o fotografía en alta resolución al instante sin esa angustia logística. Pero, paradójicamente, no sé si la gente está mejor informada que cuando empecé porque hay problemas muy graves. La facilidad de transmitir hace que mucha gente, los periodistas especialmente, quieran transmitir lo más rápidamente posible, que a veces no dejan el tiempo suficiente para que una historia madure, profundice y, a veces, nos dejamos intimidar por las presiones que sufrimos para hacer llegar cuanto antes esas historias sin hacer bien el trabajo.
Por otro lado, la tecnología también ha empeorado el campo de batalla: antes podías distinguir por el sonido un disparo de salida o de llegada, o diferenciar un mortero de la fusilería. Hoy hay drones tan silenciosos que no te enteras de que disparan hasta que estás herido o muerto. En definitiva, la guerra está pero de lo que ya estaba antes de por sí.
El periodismo es sagrado y debe estar alejado de los sillones del poder
“Desaparecidos”, “Mujeres de Afganistán”, “Vida”…, cada libro tuyo es una deuda saldada con alguien. ¿Con quién sientes que todavía tienes una deuda pendiente?
Mi deuda siempre es con la verdad y con las víctimas civiles. Cuando empiezas de joven, a veces cometes la estupidez de pensar que cubrir conflictos es una aventura impulsada por la adrenalina para luego presumir en tu pueblo. Pero pronto te das cuenta de que la guerra es el mayor fracaso de nuestra sociedad.
Por eso, aunque al principio mi objetivo era narrar la guerra, con el tiempo me he centrado en narrar la posguerra: la violencia contra los civiles y las heridas físicas y psíquicas a largo plazo. Como digo muchas veces: «La guerra no acaba cuando dice Wikipedia. La guerra acaba cuando las consecuencias se superan, a veces años después, otras veces décadas después y, muchas veces, nunca».
¿Qué crees que puede aportar la fotografía que ningún otro lenguaje periodístico puede dar?
Aprendemos a leer imágenes antes que palabras; un niño que no sabe escribir ya sabe leer una imagen. Eso hace que la fotografía tenga una influencia inmensa en nuestras vidas desde que nacemos. Hoy en día, los niños manejan las pantallas desde el año de edad y aunque esto los hace fáciles de manipular, también nos da una herramienta poderosa para influir en ellos de forma constructiva. Lo veo en mis conferencias ante estudiantes: cuando pongo las imágenes, se produce un silencio sepulcral en la sala.
Sin embargo, hay que tener cuidado con los clichés. Eso de que «una imagen vale más que mil palabras» es totalmente falso. Pocas palabras valen más que mil imágenes. Una fotografía sirve para mostrar el impacto visual de lo que ocurre, pero muy rara vez puede profundizar en un conflicto por sí sola, siempre necesita información literaria y contexto para que el espectador entienda lo que realmente está pasando.
Además de fotógrafo, eres profesor y referente para muchos jóvenes periodistas. ¿Qué es lo más importante que intentas transmitirles y qué consejo nunca falta en tu maleta?
Que mantengan su independencia por encima de todo. Yo empecé en un mundo donde los medios ganaban mucho dinero y aun así tuve que defenderme con uñas y dientes para que no me maltrataran o pagaran mal. Soy independiente, llevo toda la vida trabajando sin cobrar jamás una paga extra y en mis inicios trabajé de camarero durante años para financiarme los viajes y no dejarme embaucar por la comodidad de un trabajo fijo. Hoy la situación es aún más precaria: los medios pagan cantidades vergonzosas a sus figuras mientras maltratan económicamente a los colaboradores.
Mi consejo para los y las jóvenes es claro: el periodista debe vigilar al poder, no acostarse con él. Si quieres que tus compañeros y compañeras te respeten, huye de la autocensura y de los intereses estratégicos, políticos o bancarios de los medios. El periodismo es sagrado y debe estar alejado de los sillones del poder. Si no estás dispuesto a afrontar esa dureza e independencia con todas las consecuencias, es mejor buscarse otra alternativa.
Después de una vida entera mirando el mundo a través de un objetivo, ¿qué es lo que ya no eres capaz de ver de la misma manera?
Ya no soy capaz de creer en la paz mundial. Durante la Guerra Fría, especialmente cuando cayó el Muro de Berlín, teníamos la esperanza de que veríamos algo parecido a la paz. Pero con la desintegración de Yugoslavia, donde estallaron multitud de conflictos, nos dimos cuenta de que eso era una ilusión. La guerra es un gran negocio donde participan bancos, gobiernos y empresarios, incluso medios de comunicación, que financian y autorizan la venta de armas, saltándose sus propias leyes de control. Como decía Ignacio Ellacuría: «Ellos ponen las armas y nosotros ponemos los muertos». Nos llevamos matando más de 15.300 años, desde el Paleolítico, así que un mundo pacificado no va a llegar.
Ante esto, lo único incuestionable en lo que sigo creyendo son las víctimas civiles. Intento darles el espacio, el respeto y la dignidad que merecen, porque una niña amputada en Mozambique o que se queda ciega en Colombia con ocho años tras una explosión, lo será para siempre. Ellos son nuestros verdaderos héroes, no los cantantes de moda, ni los políticos demagogos.

































