Memé Tabares, Premio Avuelapluma Artes Escénicas
Memé, ¿qué viste en Extremadura para decidir que este sería el escenario donde echar raíces y levantar tu propio universo teatral?
Fue un proceso que fue dándose poco a poco. Lo primero fue que aquí conseguí mi primer contrato profesional, en el que era el Centro Dramático de Extremadura, para hacer la obra “El crimen de Don Benito”. Un poco después, con algunos compañeros de ese montaje, decidimos crear una cooperativa: la primera compañía de teatro profesional de Extremadura con la que hacíamos largas giras por toda España y Latinoamérica. En verano, esas giras por Extremadura nos hacían estar fuera de casa un mes entero sin parar. Era una época donde estaba casi todo por hacer en esta región. La Edad de Oro de las compañías de teatro independiente en España. Finales de los 80 y mediados de los 90. También hubo otros vínculos personales que fueron enraizándome en esta comunidad. Y su paisaje me sigue enamorando.
De interpretar clásicos con diferentes compañías a dirigir y escribir El Jardín del Mundo, ¿se mira distinto el escenario cuando se tiene la responsabilidad de guiar la mirada de los demás?
Mi trabajo en la escena tanto si es interpretando como dirigiendo, escribiendo o impartiendo clases parte del mismo lugar, del mismo proceso interno. Obviamente, dirigir precisa de una responsabilidad diferente, más solitaria y más técnica. Pero todo mi trabajo creativo, en estas diferentes facetas, parte de una fuente común: un proceso inconsciente que se va levantando con el análisis posterior. Concretamente, el proceso de El Jardín del Mundo fue muy duro para mí al escribirlo y al dirigirlo, y también para los actores. Se creó sin un texto previo a base de investigación e improvisaciones. Un trabajo sobre la tortura con testimonios reales de personas que, en diferentes épocas y países, sufrieron este dolor. Y cuando un equipo se acerca a algo así, poniendo su cuerpo al servicio de este horror, se crea una experiencia impactante e inolvidable. Este montaje nos llevó a participar en el Festival Internacional de Teatro “Cena Contemporánea” de Brasilia.
Hacer las paces con la incertidumbre, es una de las grandes enseñanzas en la que espero graduarme en unos años
El Festival de Mérida es casi tu segunda casa, desde aquel Retablo de la avaricia en los 80 hasta tus últimos trabajos. ¿Qué tiene esa arena que, a pesar de las tablas acumuladas, sigue exigiendo una entrega absoluta?
Tiene el poder del tiempo y de los pasos y las voces que han retumbado allí desde hace dos mil años. Es muy común y parece un tópico, hablar de la “energía” del Teatro Romano de Mérida, pero es que, los teatreros, los que trabajamos con esa fuente interna, que no se sabe de dónde mana, hemos sentido ese poder. Y no sólo se siente en el teatro, también pasa y, si me apuras, de una manera más profunda, en el anfiteatro. Ese espacio aledaño que hace muchos años que no se usa para el Festival y donde hicimos Las Parcas, escrito y dirigido por mí, con la coreografía de Cristina Silveira y la producción de Samarkanda Teatro. Un montaje que se prorrogó varios días más dada la acogida que tuvo, en gran parte, por un público joven que no solía (y no suele) acudir al Festival. En el año 2002, con Las Parcas, fuimos finalistas en los Premios Max como Mejor Espectáculo Revelación. El teatro romano de Mérida te pide humildad y honestidad.
Con obras como La vida secreta de Petra Leduc entras en terrenos muy íntimos. ¿Es el teatro tu mejor herramienta para descifrar la condición humana?
Totalmente. Ahora, que hay que ser valiente para atravesar los espacios que el teatro te ofrece. Es una herramienta de aprendizaje personal y de mi entorno. Y no siempre es agradable transitar según qué sitios, ni dentro ni fuera de una misma. Cuando pusimos en marcha el trabajo de La vida secreta de Petra Leduc, investigué sobre la creación artística de las mujeres que fueron anuladas y no pudieron culminar su genio; fue un recorrido muy duro. Pero es una obra que impacta de forma brutal en el espectador. En una ocasión, como actriz, me enfrenté, en una pieza corta de la obra Contra la Democracia, de Esteve Soler, a un monólogo en árabe de una mujer con burka que, tras matar a su marido por defender a su hija, viene a pedir a sus vecinos (el público) que la apoyen para que la policía no le obligue a quitarse esa prenda. Cuando un acto teatral te compromete, te confronta con aquello que piensas o sientes; cuando te incomoda, tanto como público como actriz o como directora, es cuando el teatro cobra todo su sentido porque sacude tu estabilidad y tu pequeñez. Ese es el enorme poder del teatro: cuerpos que, desde su verdad, se exponen a todo lo que incomoda.
Más de cuarenta años construyendo teatro en Extremadura. ¿Qué tiene hoy esta región que no tenía cuando llegaste?
Imagínate, una de las cosas: las carreteras. Teníamos que llegar a veces a los pueblos más lejanos por caminos de tierra o carreteras muy estrechas y en muy malas condiciones. Los escenarios, también. En los 80 todavía no había las casas de cultura que hay hoy día. Más de dos veces tuvimos que actuar en remolques de tractor. Es cierto que aún queda mucho que arreglar porque todavía hoy encontramos en los espacios mucha dejadez en el mantenimiento y construcciones escénicas absurdas. Ha habido un crecimiento enorme en el número de compañías extremeñas y una afición por el teatro que nace en pequeños, y no tan pequeños, pueblos de la región con gente que hace teatro amateur. Otro cambio significativo es la creación de la ESAD, la Escuela Superior de Arte Dramático de Extremadura, que inició su andadura en Olivenza como escuela de teatro. Ha cambiado también que, ahora, las giras no te hacen estar fuera de casa varias semanas. Hay mucha oferta y la supervivencia dentro de la profesión es más complicada. Un cambio muy importante y muy reciente, que no existía entonces, es la creación del primer sindicato de actores y actrices profesionales de Extremadura, UAPEX, que nace para defender los derechos de los actores y actrices y protegerlos de la precariedad laboral.
¿Qué te ha enseñado el teatro que no te podía haber enseñado ninguna otra cosa?
Pues…, es que me ha ensañado tanto, ¡y sigo aprendiendo! Una de las cosas, creo, más potentes que necesita aprender cualquiera que se dedique a esto es: hacer las paces con la incertidumbre. Es una de las grandes enseñanzas en la que espero graduarme en unos años, jeje. He aprendido, también, a escuchar a mi cuerpo: a sentir lo que la intuición recoge de fuera y a permitir que “algo por ahí dentro” lo gestione y me lo cuente a través de sensaciones corporales, impulsos o pequeñas certezas. He aprendido a confiar en el proceso, a saber que no hay fallos en el recorrido porque lo que ocurre y no se usa o no sirve está sosteniendo y mostrando aquello que se abre camino. He aprendido a ver qué hay más allá de las palabras que la gente dice porque sólo podemos actuar con lo que somos y lo que tenemos, y no hay forma de dar en el escenario aquello que no tienes. Bueno, y unas cuantas cosas más que ya te contaré con un café delante…, quien sabe. Gracias.

































