Barrio judío de Cáceres.

Descendió por las blancas callejuelas del barrio de San Antonio. Al llegar a la ermita y entrar en ella rememoró los cánticos, las palabras del rabino en la sinagoga, algunos rostros del pasado que reaparecían ante sus ojos, las casas blancas y recoletas con sus jardines…

Necesitaba volver a pisar aquellas vías de antaño, ver la muchedumbre de olvidados que deambula por las calles buscando lo mismo que él: la plasmación de los recviceuerdos de un pasado secular.

Abandonó la judería vieja a través del Callejón del Moral y al llegar al Arco del Cristo apareció una niebla fantasmal, se adentró en ella y desapareció para siempre. Como todos los antiguos habitantes expulsados durante finales del siglo XV tenía derecho a una visita a los espacios donde desarrolló una buena parte de su existencia. Satisfecho ya su deseo se reintegraba definitivamente en su largo camino por el tránsito en el inabarcable Más Allá. Era una justa concesión a seres injustamente alejados en vida de sus hogares.

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