Minimalismos
Vicente Rodríguez Lázaro

Ha subido a la atalaya de la Torre de los Pozos. Aguardará a lo largo de la madrugada el paso de la hija y su séquito: una gallina y unos polluelos de oro, transformados así por el encantamiento de su magia oscura.

Todos los años, en la misma fecha, repite la salida de su refugio tenebroso en el lado ciego de la noche, con la esperanza de vencer el odio, la amargura que desde su corazón ya corrompido se trasladó a su alma inmortal que, sin embargo, languidece y se debilita con el paso de los siglos. Arden sus entrañas espectrales con el fuego infernal e incombustible de la venganza.

Ve acercarse el cortejo cuando el amanecer se despereza. Sabe que con un solo deseo limpio de perdón, ellas quedarán liberadas y la paz y el sosiego regresarán a su espíritu atormentado. Marcharán al fin hacia la senda del tránsito que les aguarda, lejos de la prisión de la ciudad que ahora les mantiene atrapados. Las ve pasar y alejarse por el Callejón del Moral y una vez más no hace nada por ellas. Queda solo, el amanecer surge con fuerza, quizás el año que viene se decida, o quizás no lo haga nunca.

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