El iceberg – Microrrelatos
Víctor M. Jiménez

Es un lunes de enero. Hace frío y la plaza está desierta. Sé que me persiguen y tengo que escapar. Intento evadirme por las calles laberínticas del casco antiguo, pero no tardo en darme cuenta de mi error. Esto está aún más solitario que las avenidas céntricas y soy más vulnerable. El eco de mis pasos se extiende entre los muros de piedra y compone la música del preludio de una tragedia. La luz mortecina que derraman los faroles delata la presencia de una sombra a mi espalda, cada vez más cerca. Mi corazón late con fuerza y mis piernas comienzan a temblar. Tengo miedo por primera vez desde que conozco la amenaza que se ciñe sobre mí. Pierdo el sentido de la orientación y, pasada la plazuela de la catedral, me lanzo a la carrera por la primera calle que me ofrece una salida. Entonces veo luz en la vieja taberna. Entro sin pensarlo. El local está lleno de gente. Todo el mundo permanece en silencio. Los más cercanos a la puerta se giran cuando me ven entrar, pero vuelven a mirar al frente. Al fondo, cerca de la barra, una mujer lee un libro en voz alta. Me siento en la escalera del zaguán y dejo que las palabras me envuelvan. Allí están todos, los que conozco y los que me queda por conocer.

            Cuando salga estará esperándome, pero al menos durante dos horas puedo flotar en un mundo de papel tan verdadero como este.

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