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Pantalla /
EDUARDO VILLANUEVA

El espectáculo ha vuelto a poblar las pantallas de medio mundo. La serie de la HBO “Game of Thrones. Juego de Tronos” (en adelante GoT) trasciende la pequeña pantalla y su influencia ya toca la exageración en el universo de la cultura audiovisual. Las diferentes administraciones se pegan para que los productores elijan rodar en una determinada región (Sevilla y Osuna han sido escenarios de la tierra de Dorne, que aparece en la recién estrenada quinta temporada), los actores principales ya cobran la friolera de 300.000 dólares por capítulos y los episodios se filtran a la red, sin que la cadena pueda hacer nada por evitarlo, dado el tremendo impacto que la serie tiene en la cultura popular.

Y no es para menos, porque la calidad de la serie no para de crecer: en guión, diálogos, puesta en escena y diseño de producción (el presupuesto se abulta cada temporada un poco más). Porque, aunque GoT no deja de ser en ocasiones una especie de “Falcon Crest” de capa y espada, un culebrón al más puro estilo “Dinastía”, la serie triunfa porque habla de temas universales como la ambición, el poder, la venganza y el amor, todo ello sazonado de forma muy inteligente con magia, dragones, sexo y sangre.

Lo cierto es que GoT atrapa hasta a los más escépticos, aquellos que se han resistido a echar un ojo a la serie hasta que no han pasado sus primeras tres temporadas, o hasta que el fenómeno de la boda roja no les llegó a través de las redes sociales y despertó su curiosidad. A partir de ahí, todo es un enganche permanente, que hace que los capítulos se devoren una y otra vez, que se analicen los diálogos y el lenguaje gestual de sus protagonistas, en una serie coral que deriva de una novela-río con una legión de fans.

Los guiones de GoT están cargados de mensajes políticos. Su habilidad estriba en su gran atención a los detalles, en desplegar varias series dentro de una misma y en mantener la atención del espectador temporada tras temporada.

GoT es un drama político envuelto en varias capas de elementos fantásticos; un batiburrillo de referencias mitológicas, literarias y tramas supuestamente alambicadas. Una serie que, en cualquier caso, ha sabido recuperar el halo de las grandes superproducciones audiovisuales como “Lawrence de Arabia”; aquellas en las que, entre escena y escena, había que coger un avión para rodar.

 

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