Historias de Plutón
José A. Secas

No me canso de repetir esta cantinela a modo de reproche, en plan irónico, que suena gracioso, pero también profundamente crítico. Lo suelo decir cuando proyecto, me preparo o hago planes contando con otros paisanos y veo como van postergando y procrastinando tan olímpicamente que casi resulta natural y no tan malo como, a priori, parece que habría de ser. Lo dejamos para mañana (pudiendo haberlo hecho antes de ayer) simplemente porque “no da voces”, no hay prisas y, en definitiva: “no por mucho madrugar amanece más temprano”. Así que queda todo para el último momento y “nunca pasa na…”.

No puedo generalizar (porque también entre nosotros hay mentes preclaras y razonables) y asegurar que este defecto afecta a la totalidad de nuestros compatriotas pero, qué duda cabe, habiendo mayoría, cuando un eslabón de una cadena falla, el retraso arrastra al siguiente y se acumula fatalmente al final de la secuencia. Lo gracioso de todo esto es que “la culpa” es siempre del otro, del responsable previo de la cadena. A nosotros nos llegan las cosas tarde y no podemos hacer nada. Tampoco prevemos, elaboramos planes alternativos, estamos pendientes de los procesos precedentes ni nos ocupamos más que de lo nuestro; cuando llega y si eso…

En los equipos humanos todos somos necesarios y nadie es imprescindible

Siempre que he tenido que argumentar en este sentido, he sacado a colación el dato de que, en los equipos humanos internacionales de grandes empresas globales, aprecian a los españoles por su gran “capacidad de improvisación” (como si eso fuera bueno). Parece ser que cuando los alemanes o los japoneses (por ejemplo) ven cómo falla el plan A, de qué modo se viene abajo el plan B y cómo resulta imposible (y sorprendente) que también el plan C sea un fiasco; entonces, un ejecutivo o responsable español viene y dice: “no pasa na…” y, con ese desparpajo, agilidad y conexiones neuronales, gracia y salero, “improvisa” una solución. Y lo mejor es que funciona.

Los españoles están a salvo de los agobios y estrés que generan la caída sucesiva de planes en las mentes cuadriculadas y calculadoras de compañeros nipones o germánicos. No hay porqué agobiarse. Hasta las cosas perfectamente planificadas, fallan. Así que ¿por qué nos vamos a preocupar de tenerlo todo perfecto? Pues, a la vista de “como venga la cosa” tomaremos las medidas oportunas, ¿no eso cierto? Llámalo adaptación. Pues también.

Ahondando en este ejemplo y llegamos a unas conclusiones muy generales y obvias que, aún así, conviene no olvidar: en los equipos humanos todos somos necesarios y nadie es imprescindible, cada cual debe aportar lo mejor de sí para la consecución óptima de los planes pero sin olvidar que nadie es más que nadie. Todo es relativo y no se debe hacer un drama de cualquier contratiempo. El ángulo de percepción de la realidad depende de muchos factores. La verdad absoluta no existe. No conviene generalizar y, por último: “viva yo caliente y ríase la gente” (que no tiene nada que ver, pero me gusta).


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