Mi ojito derecho
Clorinda Power

En un par de horas empieza la fiesta de Navidad de mi empresa. Recuerdo haber contado aquí también la del año pasado. Esta es ya la tercera. Y espero que no sea la última. O sí. Depende de si los Reyes me traen o no lo que he pedido. Depende de lo que entiendan ellos por portarse bien.

Volviendo a la fiesta, la de este año es de temática mexicana. Iremos a un restaurante mexicano disfrazados de mexicanos y beberemos como mexicanos (exacto, fuera de este contexto, este comentario sería tan racista como Trump y tan injusto como su muro).

No conozco a nadie que se haya muerto de vergüenza, pero si sé que la gente se muere de pena

Y a pesar de que tenía bastantes ganas de festejar, ha pasado algo y no podré quedarme mucho tiempo. Lo que ha pasado es que una buena amiga que acaba de ser madre no se siente bien. De hecho, se siente bastante mal. Sufre eso que, ya no sé si más por común que por tabú, ni se menciona. Así que, dejaré muy pronto la fiesta para servir a mi amiga de muro. Pero mi muro no será de contención, el mío será solo un muro sobre el que recostarse un ratito, que procurará darle sombra, si es que le deslumbra el sol, y resguardarla del viento, si es que le da por soplar fuerte. Del frío será difícil protegerla, ese costará más combatirlo, ella sabe que le helará los huesos un tiempo, aunque ahora crea que se quedará con ella para siempre. Y susurrarle una y otra vez que esto también pasará mientras la rodeo con mi muro es todo lo que puede hacer, que no es poco. Quizá esté yo más agradecida porque me deje acompañarla de lo que ella lo esté de contar conmigo. Quien haya sufrido así alguna vez, sabe que no vale cualquiera para acompañar, porque en estas lides, no se puede hacer nada más que eso, acompañar en el sentimiento. Hay enfermedades que tienen más de duelo que de convalecencia y muchas mujeres valientes, fuertes e independientes que, en un momento se les olvida que son valientes, fuertes e independientes y se creen cobardes, flojas y e inútiles. Esto es algo tan común que lo injusto no es que suceda, es que cueste tanto hablar de ello. No conozco a nadie que se haya muerto de vergüenza, pero si sé que la gente se muere de pena.


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