La amistad y la palabra
Enrique Silveira

En este vagar nuestro por el mundo faltan certezas y sobran incertidumbres. La resolución de estas ocupa la mayor parte de nuestro tiempo; sin embargo, aquellas se yerguen tan majestuosas como amenazantes para mayor estremecimiento del ser humano porque la capacidad de decisión sobre ellas es inexistente, lo que le deja inerme y angustiado.

Sí lector, has adivinado que la principal es la inexorabilidad de la ley severa, como la denominó Quevedo, que sobrevuela imperturbable durante nuestra existencia y produce muchos de nuestros momentos de pesadumbre. Solo si al mismo tiempo has perdido el gusto por la vida y el miedo a desperdiciarla habrás resuelto las incógnitas que pueblan nuestro pensamiento de vez en cuando: sobre todo cuándo pero también cómo volveremos al polvo, pero para eso has de convertirte en un suicida y la penumbra que les domina es una condena peor que la que se hereda por naturaleza.

Si no somos de los que ya no encuentran alicientes para seguir en este mundo -que por cruel que sea es el que nos ha tocado-, imaginamos en los días oscuros el momento y la manera de abandonarlo. Todos preferiríamos finalizar nuestra presencia en edad provecta, pero no a cualquier precio, porque hay finales que estropean vidas repletas de dignidad y entrega; falta dilucidar el modo y en esto también llegaríamos fácilmente a un acuerdo: si no es posible un final heroico, que sea cómodo para todos, alejado de inhóspitos hospitales y en plenitud.

¿Se imaginan que pudiéramos elegir nuestro último tránsito? La historia, a veces disfrazada de cine o literatura, nos muestra muchas formas de despedirnos con tanta épica que servirían como un buen colofón. Edward J. Smith se hundió con la nave que desafió a la Naturaleza -perdió en el primer envite- incapaz de presenciar la derrota de su Titanic; se aferró a él para que no descansara en el lecho marino sin que una mano amiga acariciara su esqueleto hasta el último instante.

Irvine y Mallory hicieron frente al hasta entonces inasequible Everest; aún se duda sobre si hicieron cumbre, pero sí que el gigante les cobró muy caro el atrevimiento. Quizás como advertencia solo se han recuperado los restos del segundo y la montaña guarda los del primero como reliquia que mostrará en algún momento para recordar su poder.

Quién puede olvidar los estertores del Espartaco de Stanley Kubrick, el segundo crucificado más conocido de la historia, mientras miraba con un atisbo de ternura compatible con su sufrimiento su otro legado -un hijo- aparte de la rebelión que hizo temblar a la mismísima Roma y que sirve de modelo a todos los oprimidos del mundo.

Julio César no prestó atención a los malos augurios de su tercera esposa, Calpurnia, sobre los idus de marzo. Las veintitrés puñaladas que recibió acabaron con la vida del hombre que cambió el mundo y al que siempre había sonreído la fortuna, pero que no podía morir en su cama; además, servían como epílogo de una de las grandes confabulaciones de la historia.

Mi abuelo expiró mientras dormía. Hacía días que sospechaba su final, pero nunca habló de él con voz trémula. Se fue sin despedirse, con la elegancia de la que solo unos pocos disponen, sin lamentos ni sollozos. No es mala forma de viajar por última vez, ¿verdad?

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