Joselyne Ndayizeye Burundi UNICEF

POR JEAN SACHA BARIKUMUTIMA

“Todavía era un bebé cuando mi padre murió. Me hubiera gustado tener un padre en casa, como los otros niños”, narra emocionada Joselyne Ndayizeye, de 17 años.

Mamá nos crió sola. Ella hizo todo lo posible para asegurar nuestra supervivencia, pero tuvimos una vida difícil. Mis hermanos y yo pasábamos hambre. Dormía- mos sobre hojas de banana y hierba, sin mantas. Por las noches nos moríamos de frío. No teníamos esperanzas para el futuro. Tuve que dejar la escuela muy joven para ayudar a mi madre a criar a mis hermanos», recuerda Joselyne.

A partir de los 11 años, tras abandonar la escuela, tuvo que ponerse a trabajar en el campo, con el peligro que eso supone en Burundi, pues en este contexto una adoescente se expone a todo tipo de abusos.

Sin embargo, Joselyne no estaba dispuesta a rendirse.

En 2020, fue identificada por SOJEPAE, una entidad colaboradora de UNICEF, junto con otras niñas vulnerables para recibir orientación y apoyo socioprofesional a través del programa ‘Mpore Mwana’.

“Hicimos una formación de seis meses. Al final nos agruparon en cinco, nos dieron cinco máquinas de coser y la ONG pagó tres meses de alquiler por cada alumna”, prosigue, Joselyne Ndayizeye.

Desde entonces, la vida de Joselyne ha dado un giro. Con una profesión que le permite tener una vida digna, ahora es una joven sonriente y segura de sí misma.

«Nunca soñé que un día llegaría tan lejos”, dice Joselyne, mientras trabaja con su máquina de coser junto al mercado de Bukirasazi.

«Mis amigas y yo ahora tenemos suficiente dinero para mantenernos a nosotras mismas y a nuestras familias. También hemos invertido en una granja de cerdos para diversificar nuestras fuentes de ingresos. Además, estamos planeando comprar un pequeño terreno para abrir nuestro propio taller de costura”, concluye.

 

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