La amistad y la palabra
Enrique Silveira
Cuando te acercas a la edad madura – por evitar el uso de la palabra vejez – tienes la percepción de que tu forma de actuar se ha ido configurando al cabo de los años y que en ese constante trasiego han concurrido un número indeterminado de factores, algunos reconocibles y elegidos con cierta intención, otros que venían integrados en tu ser de los que nunca te desprenderás y muchos que irrumpen sin permiso y se acomodan en tus modos hasta componer un enorme puzle del que solo se ven las piezas grandes.
Dicho de manera sencilla: somos la suma de lo que nos viene dado y los efectos de los estímulos recibidos. A estos nos vamos a referir; muchos de ellos provienen de las instrucciones familiares – por dictado o por imitación -, otros nos llegan a través de la experiencia y algunos surgen de la formación que recibimos del estudio, la lectura ( ¿qué es lectura?) y otras fuentes…como el cine. En el contacto con la gran pantalla hemos descubierto mucho de nuestro interior porque las películas – no, todas no – dejan secuelas inolvidables
En mi caso, ya sabía lo que era el miedo, pero lo conocí en otra magnitud cuando vi Tiburón. Quedamos tres amigos – aún lo somos – y llegamos tarde, para variar. El gigantesco patio del Coliseum estaba ya repleto porque la película, de un tal Spielberg, había levantado expectación. Nos acomodamos en la sexta fila con una buena porción de la población cacereña a nuestras espaldas sin saber que la cercanía a la pantalla multiplicaba los efectos de la proyección. Las dentelladas que repartía el gigantesco escualo – inmune a las estratagemas de los protagonistas – se veían tan cercanas que los tres nos sentimos seriamente amenazados por sus fauces. En la vuelta a casa disimulamos la inquietud que había dejado el cruel animal, mucho después supimos que era mecánico, porque reconocer el miedo nos restaba virilidad y prestigio.
Fue una semana difícil. Todas las noches me volvía la imagen de las mandíbulas hincándose en las víctimas con la única defensa de la ropa de cama hasta las cejas. En los pocos momentos en los que el raciocinio se imponía al pavor, quedaban claras dos cosas: la playa más cercana distaba trescientos kilómetros y mi casa era un cuarto piso…sin ascensor, por lo que las posibilidades del ataque de un tiburón, por listo que fuera, quedaban descartadas.
El Rocky de Sylvester Stallone nos enseñó que el esfuerzo no cosecha éxitos de forma inexcusable, pero en la mayor parte de las ocasiones proporciona beneficios. La imagen del protagonista, exhausto, en lo alto de las escaleras del Museo de Arte de Filadelfia, contrapuesta a la que se muestra poco después, henchido de energía por los efectos del duro entrenamiento -mientras suena la inolvidable Gonna fly now- no la puede olvidar ni el más desmemoriado. Superación y esfuerzo, muy buenas consignas para los adolescentes que buscan una senda por la que transitar. Si además la historia es conmovedora y divertida qué más se puede pedir.
Si de amores se trata pudimos identificarnos con diferentes posibilidades. Los jóvenes siempre piensan que el primer amor – cuando te ves preso por primera vez de una atracción incontenible hacia otra persona- sobrevivirá ante todos los embates; no divisan la fecha de caducidad . Love story nos mostró el amor imperecedero mientras nos hacía gimotear ante la desdicha de unos insultantemente jóvenes Ali McGraw y Ryan O’neill. Otra dimensión nos ofreció la eterna Grease. Travolta y Newton Jones nos enseñaron las diferentes fases del galanteo a golpe de danza y enfundados en estrechísimas vestimentas. La verdad es que los chicos de entonces no nos veíamos agasajando a la chica anhelada pululando a su alrededor mientras interpretabas la exitosa banda sonora de la película, pero cosas más raras se han visto.
La maldad del ser humano es patente a menudo en la vida cotidiana. En ocasiones se usa como instrumento para mejorar la economía, obtener poder e influencia y a veces de forma arbitraria. Kubrik provocó un profundo desasosiego con La naranja mecánica porque te pone ante la tesitura de convertirte en víctima por el simple hecho de estar en determinado sitio y en ese momento, sin responsabilidades, por pura casualidad. Hasta esos años el cine bélico se nos ofrecía con tintes heroicos. Había que reivindicar con vehemencia el enorme esfuerzo realizado para doblegar a la peste nazi. Una vez conseguido ese objetivo, la guerra se nos presentó descarnada, cruel, mucho más cercana a la locura que al restablecimiento de la justicia. En esa órbita, no nos dejaron indiferentes Apocalypse now de Francis Ford Coppola ni El cazador, inolvidable la ruleta rusa entre De Niro y Walken tan transformados por la guerra, avocados a la perversión y el desquiciamiento, que resultaban irreconocibles.
El horaciano prodesse et delectare – ser útiles y deleitar – estaba irremediablemente ligado a nuestras jornadas cinematográficas. En verdad, no éramos muy conscientes, pero el poso formador quedaba tras diluirse la satisfacción por haber presenciado un espectáculo regocijante. Los entresijos de cada uno determinarán hasta qué punto esas enseñanzas se han afianzado y, a lo mejor, han sido transmitidas como apreciable herencia.
Ya no recuerdo la última vez que fui al cine. Mi ausencia se debe a diferentes factores de los cuales la pereza destaca con claridad, pero también ante la escasa posibilidad de encontrarme un espectáculo si no inolvidable, al menos placentero. No se puede soslayar que la enorme oferta televisiva influye sobremanera, que los años retuercen el colmillo y te hacen tan exigente que conseguir satisfacerte es una entelequia, pero algo tiene que ver el que en el cine actual en demasiadas ocasiones la formación – y a menudo la persuasión – se anteponen a la diversión y no a la inversa. A lo mejor es que me estoy haciendo mayor…



























