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Pantalla /
EDUARDO VILLANUEVA

Amargura, satisfacción, tristeza, nostalgia… El adiós de ‘Mad Men’ ha sido un torrente de sentimientos, que ha puesto un broche de oro a una serie inigualable, que cuenta con guiones precisos y plagados de subtexto.

Es muy complicado culminar una serie de una forma tan aciaga, porosa y anticlimática y que aun así el público esté flipando por haber asistido al cierre de una obra monumental. Cierto es que hay capítulos mejores en anteriores temporadas, pero es difícil imaginar un final más preciso para el personaje de Don Draper, en el que termina abrazando una nueva forma de pensamiento para huir de su propio yo (que al mismo tiempo era una personalidad ficticia, creada por él mismo, fruto de una casualidad, que se convirtió en la causalidad de su vida; un motor narrativo muy hitchcockiano).

Un final luminoso (después de tanta negrura) pero a la vez muy cínico, con la imagen del capitalismo más salvaje, que se practica hasta nuestros días: el que desarrolla una compañía como Coca-Cola. El sangrante encanto de la Coca-Cola, con innumerables casos de explotación laboral por todo el mundo, echa el cierre a una serie infinita, abisal y plagada de aristas.

Mucho ha llovido desde aquel Draper que vendía felicidad, con una familia de anuncio. Pero desde el capítulo piloto, esa ilusión se agrieta, para comenzar a filtrar las mentiras del personaje (a la par que las del propio país en el que vive). Parece tenerlo todo, pero irremediablemente se desliza hacia el precipicio.

Matthew Weiner, ideólogo de la que ya es la serie de publicistas por excelencia, tenía una ardua tarea para cerrar una serie sobre la que han corrido ríos de tinta. Y lo ha hecho sin ataduras, ni concesiones. ‘Mad Men’ es una serie pausada, cuyos personajes se desarrollan a fuego lento y el que no tenga paciencia para saborear esa construcción, pues que no mire. La ‘finale’ ha sido fiel a sí misma y ha estado cargada de simbología y confesiones, acerca de temas que han conformado las pulsiones y tribulaciones de los principales personajes durante siete temporadas gloriosas.

El camino de autodestrucción iniciado por Don Draper alcanza su punto de inflexión cuando se confiesa a su pupila Peggy Olsen, al borde del abismo; a través de una crisis existencial que preludia el final de una era, después de recrear con pasión y mimo el vértigo de una década: la de los años 60. Draper se tira finalmente de ese edificio (homenaje cinéfilo a la cinta de Hitchcock ‘Vertigo’), que hemos visto en decenas de capítulos, insertados en su mítica cabecera, y que preludiaba su vacío interior.

En cualquier caso, después de siete temporadas, quizás, el final fuera lo de menos. Ahora, lo más duro es dejar atrás a unos personajes tan complejos, confusos y vulnerables. ‘Mad Men’ se ha ido después de ocho años de intensidad dramática, pero su derroche alegórico es tan grande, que la serie se podrá revisionar en cualquier momento, sin que pierda un ápice de frescura y emoción.

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