Las crónicas de Cora
Cora Ibáñez

En estos días extraños en los que las paredes del Gran Café permanecen cerradas se esconde tras sus puertas, dormida, la exposición de acuarelas de Gustavo Hernández Puertas.

Cuando salgamos de nuestra reclusión y podamos volver a una vida más o menos normal, nos quedará, entre otras muchas cosas, la ilusión por retomar las artes, las letras, la música en directo, la danza, el teatro…

Gustavo Hernández Puertas nos enseña a través de su prisma tan particular, sus “Recorridos” dentro de los trazos sueltos de los colores primitivos y sus sombras.

Pinceladas largas con pigmentos y agua destilada en una mezcla de tintas básicas, donde la delicadeza se nos presenta con una luminosidad sin igual, dejando el blanco conservado en su fondo pastel.

El papel juega su parte importante en el juego de las formas y el líquido elemento, dando paso a la imaginación del autor y su concepción de la singularidad en las perspectivas más elementales.

Por un lado, la naturaleza en su aspecto más puro, la calma, la sutileza, la brisa queda del campo. Por el otro, el alma de la ciudad, el movimiento y su vida cotidiana, sus prisas y su atmósfera, envuelta ambas en la visión peculiar del artista y su estado de ánimo en ese momento.

La elección de los colores no es producto del azar en un primer caso, sino de esa percepción primordial que invita a las sugerencias y al baile de nuestra entelequia, en tonos índigos y granates, donde plasmar las dimensiones y los fragmentos que sobran en su halo correcto, ese que nos facilita el ojo de los sueños y nos conduce, sin esfuerzo alguno, al mundo insinuado de los fondos sobre conceptos inmaculados, de la mano de este maestro de las acuarelas.

El Arte nos espera después del caos.
Nos nutrirá con su esencia para hacer de este un mundo mejor.

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