Shakespeare5

Reflexiones de un tenor /
ALONSO TORRES

Con lo primero que te encuentras en “Lucile Lupin” (calle de la Cossonnerie, Primer Distrito, París) es con tu propia imagen. Frente a la puerta de madera carmesí, de roble antiguo y cristales emplomados, hay un gran espejo que proviene del Chateau Nohant, en donde se crió la persona que da nombre a tan logrado espacio literario, y siguiendo con los tópicos, lo que escuchas tras el punzante sonido de las campanillas es, indefectiblemente, música clásica. Hoy suena Gabrielli, y cuando me adentro en el laberinto (Borges hubiera sido muy feliz aquí, si es que no lo fue), dejando atrás una adversa climatología, es su Sacrae Syphoniae la que me acompaña.

Así paso la mañana, leyendo y mirando furtivamente a la bella que está a mi derecha

Busco una enciclopedia de geografía antigua, de cuando los mapas contenían zonas en blanco que indicaban que esos lugares, esos territorios no habían sido explorados ni bautizados todavía, un libro de una curiosa edición polaca (Kransnaponski Editores, 1795) donde en el espacio que corresponde a Rusia, en vez de estar escrita la palabra Rosja, se lee “SoRja”. Hay una mujer vestida de negro sentada en una de las butacas (azules) que trajeron desde el desmantelado Teatro Bohemio, en lo que los asiduos llamamos, “el saloncito”, intersección un poco más ancha que las demás bajo una claraboya dentro de este dédalo de pasillos, corredores, recovecos, pasos, covachuelas, trampas, anaqueles, mesas, armarios y desbordadas estanterías que conforman la maravillosa librería. Armado con nueve pesados volúmenes que nada tienen que ver con lo que ansiaba encontrar, saludo, “buenos días”. Me contesta con un misterioso, “no para todo el mundo”. Si me hubiera mirado habría visto que sonreía, “vaya tipa”, pienso para mí. Así paso la mañana, leyendo y mirando furtivamente a la bella que está a mi derecha (recojo datos para mi colección de imágenes onanísticas). A la hora en que otros establecimientos cierran, este se mantiene abierto, pero en vez de más visitantes, curiosos, devotos o compradores, hoy, los que hacen acto de presencia, son una docena de agentes de policía pertrechados de anoraks con letras fluorescentes, chalecos antibala y armas automáticas en ristre. Nos apuntan y nos obligan a tirarnos al suelo. “¿¡Dónde está el dueño!?”, nos preguntan gritándonos sin esperar respuesta. Corren, hay un tumulto, forcejeo y alaridos. No entiendo lo que dicen, pero veo entonces, al estar detrás de ella y en posición horizontal sobre el piso de madera, desde otra perspectiva, las hermosas, estilizadas y deseables piernas de mi enigmática compañera de lectura, y además, ahora, el vestido se le ha subido tanto que contemplo (su ropa interior dibuja blondas) sin problemas, la curva que dibuja su trasero, que intuyo firme y duro. “¡Joder!”, me digo a mí mismo.

Se habían producido bajo un plomizo cielo cercano a París (Marne-la-Vallée, departamento de Seine-et-Marne, donde está ubicado DisneyLandParís), durante el último invierno, una serie de delitos sexuales contra niños y niñas, y uno de los hijosdelagranputa que detuvieron (a otros los encontraron muertos, muertos e inculpados gracias a fotografías y videos… pero eso es otra historia) por tal aberración, cuando fue detenido, dijo, “mi semen hace germinar un escudo protector contra el poder omnívoro del diablo, debemos cuidar a los pequeños, está escrito”.

 

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