Desde mi ventana
Carmen Heras

Marshall McLuhan fue profesor de literatura inglesa, crítica literaria y teoría de la comunicación, y es considerado un gran visionario de la llamada sociedad de la información. Hacia los años 70 del siglo XX, McLuhan acuñó el término “aldea global” para describir las interconexiones humanas producidas por los medios electrónicos usados para comunicarnos. El enunciado «el medio es el mensaje», aparece en su libro “Comprender los medios de comunicación: las extensiones del ser humano” (1964) y explica de manera simplificada que la forma del medio se incorpora a cualquier mensaje que éste transmita y que, por tanto, el medio nunca es neutral.

En la época en la que yo conocí el Parlamento, se cuidaba sobremanera la comunicación procedente de él. Dado que el teléfono móvil aún no estaba popularmente difundido, la información hacía fuera se hacía a través de unas pequeñas cabinas, ubicadas en uno de los salones cercanos al salón de plenos. Desde ellas, los periodistas encargados de los asuntos parlamentarios enviaban sus primeras crónicas cuando la importancia del asunto demandaba rapidez.

La categoría del ambiente estaba fuera de toda duda. El medio incidía en los receptores tanto como en los comunicadores y de ahí provenía también la pulcritud del buen parlamentario a la hora de hacer unas declaraciones públicas para no pifiarla. Asistí varias veces a las propias dudas de excelentes oradores en la tribuna que no se sentían capaces de atisbar previamente el efecto de un mensaje; el escándalo, aunque diera titulares, estaba reñido con el buen hacer. En aquel entonces. No primaban tanto las prisas. La inmediatez no cotizaba.

El Congreso de los Diputados es, por su propia esencia, un lugar perfectamente clasificado y jerárquico, en donde el alcance de la meta de las posiciones preferentes necesitaba preparación. Cualquier intervención parlamentaria estaba ampliamente supervisada por la secretaría del grupo, en función de su importancia y del oportuno momento en que debería aparecer. Mientras que en las comisiones todo era más directo, al retroalimentarse las actividades de unos grupos con las de otros, en los Plenos de la Cámara sólo intervenían portavoces y los números uno de la pirámide, con intervenciones muy medidas y eficaces. Porque, a la postre, eso es lo que importaba y aparecía en prensa. A los recién llegados se le daban unas clases preparatorias de oratoria y de inglés. La comunidad europea comenzaba a legislar y era necesario transcribir dichas órdenes o recomendaciones a la propia normativa del país. En cuanto a la enseñanza a novatos, se grababan vídeos con las alocuciones del parlamentario y desde ellos se les reconvenía de aquellos defectos que deberían subsanar : “levanta la cabeza, mira de frente, suaviza el tono, eleva la voz…”.Era necesario practicar antes de exponerse, de aparecer y de hablar. Por prestigio de grupo y provincia.

Unos cuantos años después todo parece haber cambiado. Más allá del mejor o peor funcionamiento interno, lo cierto es que la labor parlamentaria parece deslucida. El medio hosco conduce al mensaje hosco y desagradable. Seguro que seguirán existiendo grandes momentos de la mano de los buenos profesionales pero la imagen general del parlamentarismo ha perdido su luz. De tan ruidosa, populista e inclemente en el juicio como tan poco generosa en el ejemplo.

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