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EDUARDO VILLANUEVA

Para enfrentarte a la gala de los Goya tienes dos opciones: hacerlo con el vitriolo encendido, en plan “hacer el tonto y copiar el estilo yanqui no tiene fronteras”, o en plan “esta es la fiesta del cine español y hay que celebrarlo”. También puedes hacer un remedo de las dos versiones, porque a veces, ni lo uno, ni lo otro.

En cualquier caso, hace ya tiempo que este tipo de ceremonias han dejado de ser un tributo al cine para convertirse en una pasarela de caras conocidas, vestiditos de alta costura y poco más. Este año, TVE ha conseguido rascar un buen share porque su presentador ha sido el ubicuo Dani Rovira (la pasta que se tiene que estar embolsando el actor en publicidad es de órdago) y porque había dos películas nominadas entre las más taquilleras del año: “La isla mínima” y “Ocho apellidos vascos”. Finalmente, ganó la cinta de Alberto Rodríguez, una radiografía ajustadísima de la España incipiente de la nueva era democrática de González, que atesora un buen guión, un endiablado montaje y una calidad técnica muy norteamericana.

Extrapolar la calidad técnica de Hollywood al cine español no es complicado y menos en la era digital. Una buena factura no viste un mal guión pero ayuda mucho. Ojalá pudiera extrapolarse ese talento visual a los encargados de realizar la gala de los Goya. Un sufrimiento tedioso e insoportable, donde los guionistas se empeñan cada año en meter con calzador numeritos musicales y donde no existe la bajada de micro abrupta a la hora de recoger los premios. Aquí todo el mundo habla, para contar su película y no decir nada. Estaría mejor que emitiesen la gala en diferido y con un buen montaje que aportara ritmo a semejante tostón.

Dicho esto, los Oscar, que se celebran este domingo (22 de febrero) hace tiempo que también han perdido parte de su esencia. Eso sí, en espectáculo y pirotecnia visual nos ganan de calle. Y no solo porque cuenten con un presupuesto mucho más abultado (la cadena ABC/Disney produce el evento), sino porque tienen un sentido del ritmo y del show business mucho más desarrollado. Eso sí, la alfombra roja dura casi tanto como la ceremonia, apunte inequívoco del devenir de unos premios que nacieron para festejar el celuloide y que ahora se han convertido en una pasarela. Los productores se cargaron el Oscar honorífico, que ahora se entrega meses antes en una gala previa, porque no vendía de cara a la audiencia. Es decir, grandes momentos (incluso tensos) como los que protagonizaron Stanley Donen, Elia Kazan, Hitchcock y otros grandes nombres de la industria cuando recogieron su estatuilla de honor ya no se viven en una ceremonia donde importa poco el arte y mucho el brillo.

Este año todo apunta a que ganará “Boyhood” sobre “Birdman”. No está mal. Hubo años mucho peores, como cuando ganó “Chicago” a “El pianista” o Ron Howard le robó el Oscar a Robert Altman…

 

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