José Cercas

Cada 8 de septiembre pronunciamos Extremadura de una manera distinta.
La palabra parece entonces pesar un poco más en la boca. Regresan las banderas, los discursos, los recuerdos y esa vieja costumbre nuestra de mirar la tierra como si todavía tuviéramos que pedirle perdón por habernos marchado.
Yo también me fui.
He pasado más de media vida lejos de Extremadura. Santiago de Compostela, Madrid y Requena fueron durante muchos años estaciones de mi existencia. En ellas trabajé, amé, hice amigos, aprendí otras formas de vivir y contemplé otros paisajes.
Pero nunca se marcha uno completamente del lugar donde aprendió a mirar el mundo.
Hay una tierra que cabe dentro de una maleta.
Yo llevé conmigo el color de las encinas, los caminos de Santa Ana, el olor de la tierra después de la lluvia, la voz de quienes había dejado atrás. Los llevé a Galicia, a Madrid, a Valencia, quizá sin saber que viajaban conmigo.
Porque la distancia tiene una extraña manera de acercarnos a aquello que dejamos.
Uno se marcha creyendo que abandona un territorio y descubre, muchos años después, que hay lugares que aprenden a vivir dentro de nosotros.
Extremadura sabe mucho de eso.
Sabe de estaciones y despedidas. De maletas apoyadas sobre andenes. De madres que aprendieron a decir adiós demasiadas veces. De pueblos que vieron marcharse a sus jóvenes hacia Madrid, Cataluña, Euskadi, Europa o cualquier lugar donde hubiera una oportunidad que aquí no encontraban.
Aquella emigración forma parte de nuestra memoria.
Pero no quiero escribir este 8 de septiembre otra elegía.
No quiero hablar solamente de la Extremadura que perdimos.
Quiero hablar de la que todavía podemos construir.
Porque hemos convertido demasiadas veces nuestra historia en un inventario de ausencias: el tren que tarda, la industria que no llegó, el pueblo que envejece, la escuela que cierra, el joven que se marcha.
Son problemas reales y sería irresponsable ocultarlos bajo una bandera.
Pero una tierra no puede vivir eternamente contemplando el lugar por donde se fueron sus hijos.
También existe otra Extremadura.
La de quienes se quedaron.
La de quienes regresaron.
La de quienes abren cada mañana un pequeño comercio, trabajan la tierra, enseñan en una escuela, atienden un consultorio, investigan, escriben, crean una empresa o mantienen abierta una biblioteca en un pueblo donde cada lector cuenta.
Existe la Extremadura de la cultura.
Y quizá por haber dedicado buena parte de mi vida a ella sé que no es un adorno.
Una biblioteca abierta importa. Un teatro importa. Una feria del libro importa. Una asociación cultural importa. Importa que un niño de cualquier pequeño pueblo extremeño pueda encontrarse un día con un libro y descubrir que el mundo es mucho más grande que la calle donde vive.
Lo sé porque también fui ese niño.
Los pueblos no mueren solamente cuando desaparecen sus habitantes.
Comienzan a morir cuando dejan de imaginarse.
Por eso necesitamos carreteras, trenes, empleo, vivienda, servicios públicos y oportunidades. Necesitamos reclamar aquello que Extremadura merece y hacerlo sin complejos y sin resignación.
Pero necesitamos también algo que no aparece fácilmente en las estadísticas: confianza.
Durante demasiado tiempo hemos aprendido a mirarnos desde la carencia.
Nos hemos acostumbrado a enumerar aquello que otros tienen y nosotros no. Y quizá haya llegado el momento de preguntarnos también qué podemos ofrecer nosotros.
Tenemos tierra.
Tenemos agua y tenemos sol.
Tenemos ciudades y pueblos con siglos de memoria.
Tenemos universidad, patrimonio, cultura, agricultura, conocimiento y una frontera con Portugal que debería ser mucho más puente que límite.
Y tenemos personas.
Sobre todo, tenemos personas.
Personas que se quedaron y personas que se marcharon. Porque tampoco deberíamos cometer la injusticia de pensar que quien abandona Extremadura deja de pertenecer a ella.
Yo me fui.
Y regresar me enseñó otra cosa.
El problema nunca fue marcharse. El problema sería no poder volver.
Quiero que los jóvenes extremeños viajen. Que estudien fuera si lo desean. Que conozcan Lisboa, Madrid, Berlín, Santiago o cualquier lugar donde puedan aprender aquello que aquí todavía no podemos ofrecerles.
Quiero que descubran el mundo.
Pero también quisiera que pudieran regresar.
Que volver no significara renunciar a un trabajo, a un proyecto profesional o a una forma digna de vivir.
Que quedarse tampoco fuera un acto heroico.
Esa debería ser una de nuestras mayores ambiciones colectivas: conseguir que vivir en Extremadura sea una elección y no una condena geográfica.
El próximo 8 de septiembre volveremos a hablar de identidad, de historia, de orgullo y de futuro.
Está bien.
Pero siempre he pensado que el verdadero Día de Extremadura comienza el día 9.
Cuando se guardan las banderas.
Cuando terminan los discursos.
Cuando alguien levanta la persiana de un negocio.
Cuando vuelve a abrir una escuela.
Cuando un agricultor camina hacia la tierra.
Cuando una médica recorre kilómetros para atender un consultorio rural.
Cuando una biblioteca enciende sus luces.
Cuando un joven mira desde la ventana y se pregunta si podrá quedarse.
Ahí se juega Extremadura.
Yo he contemplado otros cielos.
He caminado bajo la lluvia de Santiago, he conocido el ruido interminable de Madrid y he vivido entre los paisajes de Requena.
Todos forman ya parte de mí.
Pero había otro paisaje debajo de aquellos paisajes.
Extremadura.
Quizá por eso sé que regresar no consiste en volver al lugar del que un día partimos. Quien regresa trae otros caminos en los zapatos, otras ciudades en los ojos y otras vidas en la memoria.
Y esa experiencia también puede servir para construir nuestra tierra.
No quiero una Extremadura orgullosa únicamente de aquello que fue.
La quiero orgullosa de aquello que todavía puede ser.
Una tierra donde quedarse no constituya un acto de resistencia; donde regresar no parezca una derrota y donde nuestros hijos no necesiten marcharse para descubrir cuánto quieren el lugar donde nacieron.
Extremadura no es una tierra que se acaba.
Mientras alguien abra una puerta.
Mientras alguien siembre.
Mientras alguien escriba.
Mientras un niño corra por la plaza de un pueblo.
Mientras alguien que se marchó mire un día hacia atrás y piense que todavía es posible regresar.
El 8 de septiembre volveremos a pronunciar su nombre.
Extremadura.
Y quizá entonces comprendamos que una tierra no es solamente el lugar donde nacemos.
Es también el lugar al que seguimos regresando, incluso mucho antes de volver.

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