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Reflexiones de un tenor/
ALONSO TORRES

Tengo una diatriba musical por las mañana, mi parte cerebral más “seria” afirma que para tirarse de la cama lo mejor es La Piaf de los inicios (que no la del final), o en todo caso, Rostropovich interpretando, lógicamente, a Bach; la otra parte de mi cerebro dice que La Vartan, que es mucho más desenfadada y mucho más poppie, o “si eso”, la de Viena (filarmónica) interpretando, bajo la batuta deeeeee ¿?, a Mozart (ninguna de mis partes quiere, como antes, a Mahler, y es que quedaron seriamente tocadas tras “aquello”… del amor nadie sale indemne).

Rascándome la cabeza observo desde la cama los ropajes barrocos que robé en la muestra sobre el traje histórico que se ha celebrado recientemente en una de las torres renacentistas de mi ciudad, Reseca City (“para los novatos de la Tuna”, pensé cuando me hacía con ellos y los cargaba en el “milqui”). Allí, la morena alta (y tetuda) me beso rápidamente para decirme a posteriori, y meneando su pelambrera (reflejos rojizos) al viento, supongo que para azotarme con ella, “tengo una casa antigua que quiero convertir en bar, ¿querrías llevarlo tú?”. Esa casa está entre árboles (sé que algunos son álamos), y por la noche, las luces de las farolas cercanas, al pasar por entre las hojas, dejan unos destellos, unos brillos, unas sombras felices (si es que las sombras pueden llegar a ser felices, claro). Fui dichoso en aquel parque cuando era pequeño. Se oía el rumor del agua y la sensación de frescor, en pleno verano, resultaba acogedora. Me pensaré lo de llevar al bar de nadie.

La música de Gubaidúlina en ese momento, asoló la plaza con la gigante escultura dedicada a la victoria

Decididamente, como estaba “así” (debido a la revelación de la noche, debido a mi Apocalipsis particular), no sé cómo, pero “así”, decidí esa mañana enchufarme en vena las arias barrocas más “bonitas” (lo siento, es el título del cedè, “Las arias barrocas más bonitas”) en la voz del contratenor, espectacular, Jaroussky. Salté de la cama y salí a comprar el periódico (La Vanguardia, que los domingos viene gorda, gorda, gorda). Al darme el cambio el quiosquero (enfurruñado como siempre), la chica que a mi lado estaba dijo, “¡caramba, te han dado billetes Chadler!”. Miré sorprendido hacia ella, y no por su indumentaria (ropa deportiva enteramente azul; era alta y rubia, y vestía de azul), sino por el comentario. Le pregunté, “¿qué es eso de billetes Chadler?”. “Son los billetes pequeños que se pueden contar dentro de los coches”, me respondió. Se despidió de mí con una tremenda sonrisa profidén y agitó su siniestra (izquierda) mano. Me volví, con la excusa del semáforo, para mirarla; y sí, ella también miraba, y la música de Gubaidúlina en ese momento, asoló la plaza con la gigante escultura dedicada a la victoria.

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