Desde mi ventana
Carmen Heras

Entre escrituras antiguas y otros documentos aparecen unos papeles escritos por mi padre, de su propio puño y letra, durante la guerra civil española de 1936. Se inician cuando él sale de su casa en dirección al frente, en agosto de 1937. Tenía 18 años. Terminan con los episodios del final de la contienda en Madrid.

La narración me ha entristecido fuertemente. Es austera, tal como mi padre fue, en el modo de contar los hechos, pero a poco que uno conozca de la historia de aquellos días, puede imaginarse el dolor en las escenas con la tristeza de las despedidas, la incertidumbre del camino, el extrañamiento de los lugares, lo peligroso del periplo que la gente de su generación y aún otros mayores, hubieron de recorrer. Su penar.

Nunca le gustó a mi padre hablar de aquello. Como a otros muchos, la experiencia lo marcaría para siempre. Si alguna vez citaba alguna anécdota, así como de refilón, lo hacía solo para recordar un sitio concreto pisado entonces por primera vez, el paraje a donde llegó con su compañía de regulares, la ermita en la que pernoctaron varias noches, el hospital en el que estuvo hospitalizado; o incluso para concretar físicamente el compañerismo entre iguales, o su ausencia; o para subrayar la escasez del rancho, el hambre y la enfermedad por la que lo tuvieron que atender.

Afirma Marco Anneo Lucano, escritor y poeta romano (39 d.C. al 65 d. C.) natural de Cordoba, que es preferible ser enemigos de todas las naciones antes de tener una guerra civil. Y yo estoy de acuerdo. Un conflicto de estas características tiene el dolor añadido de romper la convivencia más cercana, de enfrentar a los próximos, de enseñar a desconfiar los unos de los otros, de escribir la historia de los pueblos dando carta de naturaleza (en ruines afanes) a vencedores y vencidos. De no permitir la piedad.

La generación que vivió la guerra cerró heridas sin anestesia, intentando crear un tiempo distinto, aún a sabiendas de la injusticia real de mucho de lo acaecido, porque como sucede con la dinamita es peligroso jugar con la propia y única apreciación de la historia, manoseándola una y otra vez por unos intereses, unas veces dignos y otras no tanto. Nos dieron un ejemplo soberbio de sobriedad, de afán de supervivencia, de deseos de seguir hacia adelante y construir un nuevo proyecto de vida. Ahora que dicha generación prácticamente ha desaparecido, algunos pretenden levantar nuevamente las barricadas con pretextos flojos e interesados, ignorando que las palabras son herramientas balsámicas, pero también armas que pueden cargar el espíritu de la sinrazón y hacer volver a muchos a unas malas andadas. Porque el lenguaje tiene un inmenso poder, como nos recuerda Landero en su último libro, y en cada palabra puede haber belleza, pero también mucho horror. Y la mentira trae siempre la desconfianza subsiguiente aún en cualquier verdad. Y si no, amigos, recuerden la fábula de Samaniego. Tanto engañó el zagal a los labradores con sus falsas alarmas, que cuando realmente llegó el Lobo, no le creyeron. Y la fiera vino, destruyéndolo todo sin remisión. Y no hubo vuelta atrás.

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