A estas alturas, ¿quién es Ana Carolina Quiñonez?

La mayor de una familia de cuatro hijos criados en Monterrico, un suburbio limeño poblado de casas, edificios y parques por donde pasean con mascotas familias que casi no se distinguen entre sí. Hija de un ingeniero y una profesora de educación especial. Nieta de migrantes de la Costa y Sierra peruana y de inmigrantes del sur de Italia. Exalumna con mala conducta de un colegio católico para chicas y estudiante apasionada de las pocas materias de cine y literatura de la facultad de Comunicación. Alguien que de seguir con el camino trazado debería estar casada con una hipoteca, un niño y una carrera que se dirija a algún lugar. Pero le rehúye a los atajos y lugares comunes. Hace dos años se mudó a Barcelona.

¿Por qué poesía? ¿No te habría interesado más escribir novelas?

De niña dibujaba. Lo hacía más compulsiva que rigurosamente. Dibujaba cuerpos de chicas e historias protagonizadas por chicas, que podían ser desde bailarinas rusas hasta alguna mítica chica mayor de mi colegio. En algún momento me di cuenta de que no era muy buena, que gente que dibujaba con menos frecuencia lo hacía mejor que yo y lo abandoné. No podría decir cuánto tiempo hay en medio entre los dibujos y los primeros poemas, pero sí puedo decir que en algún momento el diario que llevaba dejó de ser un registro o recuento de anécdotas y situaciones cotidianas para volverse hojas en blanco donde escribía mis primeros poemas, con tachones y dibujos en los bordes.

El diario que llevaba dejó de ser un registro o recuento de anécdotas y situaciones cotidianas para volverse hojas en blanco donde escribía mis primeros poemas

Eres de Perú y vives en España. ¿Crees que esa perspectiva desplazada ha aportado algo a tu literatura?

Mudarse a otro país significó sentirse torpe y un poco aislada, al menos, al principio. Recuerdo tener la misma sensación de incerteza y desorientación cuando empecé a moverme por la ciudad guiada por el Google maps que cuando era púber y deambulaba y no sabía bien cómo comportarme con chicos que no eran mis primos. Con la incertidumbre y desorientación apareció una manera más serena de ver las cosas de mi país, de familia, amigos y exrelaciones y creo que eso ha condicionado lo que escribo. Empecé a escribir “Matacaballos” (Paracaídas, 2018) en Lima, pero lo terminé en Barcelona. Allí lo ordené y desordené tantas veces que terminó siendo un libro distinto al que traje. Aquí también empecé a escribir cuentos, que es algo que nunca había hecho.

¿Se llevan bien la poesía española y la latinoamericana o consideras que actúan como dos parientes que no se hablan?

Son, más bien, viejos conocidos. Compartir una lengua nos emparienta, pero no del todo. Creo que la poesía más interesante que se hizo en el Perú es la bastarda. Aquella a la que no le pesa el linaje y que supo impregnarse de otras tradiciones poéticas, como la anglosajona o francesa, y nutrirla incluso con otras artes como la pintura o el cine. También creo que Latinoamérica lee más a España de lo que España nos lee. Supongo que la poscolonialidad nos empuja a eso: a seguirle los pasos. Te aseguro que casi todos los lectores de poesía en el Perú saben quién es Gil de Biedma y pueden decirte el nombre de un par de sus poemarios, pero dudo que los lectores de poesía españoles sepan quién es Sebastián Salazar Bondy o Juan Gonzalo Rose, poetas fantásticos y anónimos en este lado del charco. Internet ha traído la posibilidad de conocer voces nuevas de poetas impensados, así como de redescubrir la obra de autores consagrados. Lo malo es que con el internet se exacerba el snobismo.

En Matacaballos, el libro que acabas de publicar, ¿qué evolución dirías que ha seguido tu escritura?

Seis años separan “Vacaciones de invierno” (Vox, 2012) de “Matacaballos”. Hay varios cambios de trabajos, la primera mudanza con una pareja, un cambio de país, el aprendizaje de un nuevo idioma, el italiano, el descubrimiento de autores anglosajones que me gustan mucho.

¿Con qué se van a encontrar los lectores que vayan a alguna de las dos lecturas que vas a ofrecer en Cáceres?

Soy nerviosa. Así que mi objetivo principal será leer con calma. Los que deben correr sueltos son los caballos que viven en el poemario, pero para que lo hagan yo tendré que manejar mi pánico escénico y pronunciar y aprender a disfrutar mis cosas.


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