Desde mi ventana
Carmen Heras

Decía Juan de Mairena que “malo es el mutis que se hace aplaudir”. Mairena, un apócrifo de Antonio Machado, era así de sabio. Por otra parte, el comentario es muy lógico, “hacer mutis”, como saben, significa marcharse de algún sitio sin hacer ruido, de manera discreta, y viene del argot teatral para definir el salir de escena por el fondo.

La frase me recordó un día en el que me invitaron al teatro en Valladolid, no a cualquiera de los existentes en la ciudad, sino al Calderón, nombrado así en honor de Calderón de la Barca, el insigne dramaturgo. El edificio original data de 1864 y durante mucho tiempo fue considerado como uno de los mejores de España. Restaurado en 1999, es hoy la sede de la SEMINCI, la Semana Internacional de Cine, cada vez más reputada,  cinematográficamente hablando. 

Pero a lo que iba. Las entradas eran de palco y pude ver la obra desde el primero de ellos, situado casi sobre el escenario. Resulta una sensación rara contemplar de cerca los múltiples gestos de los actores, la especie de blanqueo que hacen de las frases estereotipadas para volverlas suyas y creíbles. Actuaba German Cobos, un actor de cine y teatro, muy conocido por aquel entonces, mi época de la Universidad. Era guapo, o al menos a nosotras nos lo parecía, lo mirábamos con embeleso. En la comedia, de enredos, la gente salía y entraba por las puertas en un sin parar, originando líos monumentales y confusiones graciosas. Del estilo de la película Two Much que mucho mas tarde interpretara Antonio Banderas cuando conoció a Melanie Griffin y se enamoraron. En un cierto momento de la obra, a Cobos, el ínclito galán, se le olvidó lo que tenia que decir y con el nerviosismo soltó unas risas. Ustedes me perdonen si les estoy contando algo que imaginé, pero la expresión de su cara (que yo podía observar desde tan cerca) era todo un número, y su lapsus de memoria produjo un instante de vértigo en el escenario. Pronto se repuso para decir la frase siguiente, que por supuesto fue inventada. Y entonces, los de la escena respiraron aliviados. Y los espectadores, un tanto cómplices, también. Al fin y al cabo nadie quería que decayese la función. 

No se si me explico. Sucesos tales ocurren en las mejores familias. Que a alguien se le olvida su papel en la obra. Unas de las últimas crónicas de Andrés Trapiello hace una comparación entre los últimos enredos de la vida política poniéndole nombre conocido a quienes entran y salen por las puertas, unas veces adecuadas y otras no tanto, en esta especie de comedia de enredo en la que los hechos protagonizados por muchos personajes de la crónica social han convertido la realidad de España y sus averiguaciones. Mientras, nosotros los espectadores asistimos atónitos al ir y venir de algunos que lo mismo se asoman que se marchan para volver después a aparecer por otro lado. Con distinto traje, pero con idéntica fisionomía en el comportamiento y en las formas.

Una vez, no hace tanto, yo puse la palabra “almanaque” en el enunciado de un problema dictado a mis alumnos y uno de ellos me preguntó qué era eso porque, fíjense amigos, en esta época de tecnología punta para saber del tiempo, el muchacho desconocía el significado. Y cuando se lo explicaba volví a razonarme, al estilo Mairena, que suele ser inútil buscar una buena respuesta si no se tienen claras las preguntas. 

Artículo anteriorEl hombre mató al hombre
Artículo siguienteTelegramas de mi otro yo

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí