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Mi ojito derecho /
Clorinda Power

El Día de la Hispanidad, qué bonito y qué polémico.

Parece que los españoles vivimos por y para las fechas señaladas. Para disfrutarlas o para reventarlas. Como las cenas de Nochebuena. Yo, por ejemplo, trato de disfrutarlas, lo que pasa es que empiezo pronto, más o menos a la hora de comer, y cuando me quiero dar cuenta estoy reventando la cama mientras mi familia disfruta a la mesa.

Y estoy hasta segura de que esa imagen, la de mi familia disfrutando en habitaciones separadas, es más respetuosa que la de aquellos que para quemar una bandera o para ondearla en el balcón necesitan que alguien se ofenda.

Nunca entenderé el fanatismo o, mejor dicho, las ganas de dar por el culo.

Recuerdo, cuando era pequeña, a mis padres poner en la minicadena del salón a Carlos Cano y a mi hermana y a mí en nuestra habitación todo lo contrario. Lo que no recuerdo es a ninguno subir los decibelios para romperle los tímpanos a los otros. Ni quemar la letra de María La Portuguesa, ni llamar cansino a Carlos Cano, ni sacarle los cables por fuera a la minicadena.

Supongo que cuando nuestras hormonas, las de mi hermana y las mías, estaban tranquilas, hacíamos gala de las fantásticas ventajas de la indiferencia hacia mis padres. Éramos jóvenes y ellos mayores. Obviamente el entendimiento durante mucho tiempo fue imposible. Pero la paciencia, ay, la paciencia fue y sigue siendo infinita (al menos por una de las direcciones).

Yo no digo que haya que tener paciencia con el que quema la bandera o con el que la ondea en el balcón. Lo que digo es que, el miércoles que no se trabaja, uno podía echarse un piti en la ventana, ver la lluvia caer, darse cuenta de que el verano se acaba, de que tenía que haber hecho el cambio de armario antes, del gustito que le va a dar ponerse la batamanta, de invitar a sus amigos a una comida de cuchara, de llamar más a casa, de preguntar por los discos de Carlos Cano y de asegurarse de que se siguen escuchando a buen tono, de que se siguen canturreando, de que a uno se le siguen poniendo los pelos de punta con María la Portuguesa, aunque hayan pasado veinte años. Lo que digo es que, para un miércoles que no se trabaja, uno podía dejar de dar por culo. Y ya el jueves uno retoma el incendio.

Por mi parte, espero que ustedes hayan pasado un feliz miércoles de descanso. Pero sobre todo espero que no se hayan fumado ese piti en la ventana. No solo porque el tabaco sea malo, sino por todos los pensamientos antipatrióticos que se desencadenan con cada calada.


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