c.q.d.
Felipe Fernández

Así como el que no quiere la cosa, como si fuera una consecuencia natural de tantos rezos, ruegos y procesiones por los pueblos, el archiconocido anticiclón de las Azores ha decidido cambiar de sitio. Eso de que la información sobre el tiempo sea uno de los programas más vistos en nuestras televisiones tiene su miga porque, de repente, todos nos hemos vuelto especialistas en la materia y nos atrevemos a mantener conversaciones con un nivel de vocabulario y opiniones técnicas que para sí quisieran los meteorólogos profesionales. Un comportamiento que, ya de por sí, es tan español –hablar excusado es uno de nuestros entretenimientos favoritos- no tendría mayor importancia si no fuera porque, de un tiempo a esta parte, nos avasallan con informaciones, libros, películas, sesudos estudios y opiniones más o menos fundadas sobre las próximas catástrofes naturales, entre las

Cada vez que se aproxima una borrasca, ciclogénesis o no, la AEMET nos inunda de avisos de todos los colores

cuales, la lluvia, o mejor dicho la falta de ella, tiene un gran protagonismo. A todo ello es necesario añadir que, cada vez que se aproxima una borrasca, ciclogénesis o no, la AEMET nos inunda de avisos de todos los colores, no sea que nos quedemos atrapados entre la nieve o en piragua y exijamos responsabilidades a Rajoy, al fin y al cabo, el culpable de todo. Así las cosas, lo que antes eran días de lluvia, viento, tormentas, tiempo invernal en definitiva, se ha convertido en un objeto de culto cotidiano y conversación frecuente, como si compitiéramos a ver quién tiene más información al respecto, y más actualizada. Hasta tal punto que mi hija pequeña, cuyos principales intereses se reparten mayoritariamente entre las redes sociales, las discusiones con las amigas y qué me pongo hoy, me pregunta con cierta frecuencia acerca del cambio climático y cita a Al Gore con la misma familiaridad que mi amigo Luis repasa la alineación del Madrid. Y la verdad es que, cuando la situación era ya desesperada en muchos lugares, la lluvia ha hecho su aparición con una generosidad que ya no recordábamos. Por eso, una vez más me acuerdo de mi padre, de sus sentencias tan rotundas, tan “mafaldianas” y creo que esa apreciación suya de que “la lluvia son billetes que caen del cielo”, refleja con cierta precisión el sentimiento que muchos de nosotros, los preocupados por el clima que somos legión, hemos sentido en estos días. Así que, bienvenida sea la lluvia a pesar de las molestias, a pesar de los daños ocasionales en algunas playas, a pesar de que “nunca llueve a gusto de todos”. Como canta Les Luthiers, “lluvia, ven (…) empápame, mójame todo”


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