c.q.d.
Felipe Fernández

De todas las sensaciones que se perciben en el inacabable proceso, -dejando aparte el cansancio y el aburrimiento, – la más vergonzosa, por mezquina y miserable, es la que se deriva del inefable comportamiento de los docentes, -algunos o muchos- , en los centros educativos catalanes. Por algo clama el diputado catalán Jordi Xuclá en el Congreso, “no se atrevan a tocar uno de nuestros tesoros más preciados”, en una evidente declaración de intenciones. Pero lo más relevante no es lo que diga este Jordi, o que otros “Jordis” pateen coches de la Guardia Civil, ni que el Jordi principal haya robado durante decenios para sí y sus descendientes. Lo más irritante es que docentes con un nivel de derechos estimable, formación universitaria y pruebas de acceso superadas utilicen a menores para satisfacer su cobardía y sus complejos; lo que indigna hasta límites inaguantables es que ¿profesionales? de la enseñanza manipulen y tergiversen la libertad de cátedra para inocular creencias e ideas políticas en chavales que apenas han entrado en la adolescencia; ¡es repugnante! Los adultos somos libres para defender cuántas gilipolleces creamos convenientes, dentro de la ley en todo caso, pero inyectar en los alumnos opiniones y dogmas impropios de su madurez es tan abyecto como totalitario. Así, cuando los papás pertenezcan al sector “indepe” todo será bienvenido: viva la estelada, España nos roba, presos políticos y toda la mandanga nacionalista. Pero si por un casual, el alumno pertenece a una familia discrepante, sufrirá toda suerte de escarnios mentales y físicos, desde el insulto más vulgar hasta la obligación ineludible de participar en huelgas, manifestaciones y caceroladas varias. Por eso me siento tan decepcionado con mis ¿colegas? “indepes”, porque respeto sus ideas siempre y cuando estén dentro de la ley, -la misma ley por cierto que les permite un trabajo fijo y un salario decente-, pero no respeto en absoluto que aprovechen su posición y su influencia para malversar la maravillosa y enorme responsabilidad que conlleva educar a menores. Y no solo me importa que el adoctrinamiento evidente y constatable produzca “rufianes” en masa, que ya es preocupante; lo que me parece insoportable, como padre y como docente, es que no se permita a esos niños disfrutar de una educación normalizada en la que el único objetivo sea aprender matemáticas, física y lengua con un nivel homologable al resto de los niños de los países de nuestro entorno. Porque solo así, con una educación aséptica y despolitizada, podrán tomar sus propias decisiones y ser felices. Lo demás es ira; ira y odio a partes iguales.


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