El último diente de leche
Víctor M. Jiménez

El barquero no cobra
cuando se alimenta
con frutas verdes.
Le gusta escarbar
como gusano húmedo
bajo el tejido de algodón
que oculta el pálpito primero.

Una niña bonita,
que viste de cuero y metal,
azota con un látigo
la espalda del barquero,
hasta que se desmaya
sembrado de heridas.

Cuando despierta,
con gajos de limones
cosidos a los ojos,
no le queda más que un cielo
con estigmas de la tormenta,
huérfanas interrogaciones
flotando en su frente
y los restos de un naufragio
varados en la orilla.


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