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Editorial

Un gran pacto sobre la educación

La semana pasada un par de activistas enseñaron los pechos en el parlamento español. Muchos medios conservadores criminalizaron la respuesta de este colectivo, Femme, ante las reformas que está llevando a cabo Gallardón. Algunos se llevaron las manos a la cabeza en clara reprobación ante lo que consideraban un acto obsceno. Y qué curioso, porque la rotundidad de la condena perdía intensidad cuándo se discutía sobre la apología del franquismo, que salió de la cámara sin una mala cara. Enseñar los pechos en acto de rebeldía es deleznable, pero gritar consignas alentando un período negro de la historia de España como el franquismo no es reprochable. Curioso rasero moral el nuestro que criminaliza la rebeldía y presenta como un juego de niños justo lo contrario. En fin.

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Está claro que nos gustaría hacernos con las lentes que llevan nuestros políticos. Esas que restan importancia a lo grave, y trivializan lo importante. A través de esos cristales los salarios no descienden, sino que moderan su crecimiento. Deformar la realidad para conseguir que lo que se presenta como una verdad irrefutable no sea más que un juego de espejismos, de dimes y diretes, para que el ciudadano no saque nada en claro.

Más de tres millones de personas viven con menos de 308 euros al mes y se han visto avocados a acudir a los comedores sociales.

Los síntomas de recuperación parecen sólo servir a los especuladores que manejan a su antojo los índices bursátiles. Es un dinero ficticio, aquel que ha situado al país más poderoso del mundo, Estados Unidos, al borde de la quiebra y la suspensión de pagos. El otro dinero, el real, el que manejamos la mayoría, no termina de fluir. Por eso el informe de Cáritas arrojaba un dato escalofriante: más de tres millones de personas viven con menos de 308 euros al mes y se han visto avocados a acudir a los comedores sociales en busca de caridad cristiana.

Todo está intrincado aunque a simple vista no lo parezca. Una reforma educativa, la octava de nuestra historia como país, que consigue su aprobación en el Congreso de sus señorías únicamente con apoyo de la mayoría absoluta del Gobierno. La Ley Wert no convence a nadie. Ni a educadores, ni a padres, ni a alumnos. Centra su foco de atención en el fracaso escolar y en los niveles escasos de competitividad que tenemos frente al resto de países de la UE, como arroja el último informe PISA sobre comprensión lectora. Necesitamos una reforma, pero un cambio de modelo consensuado por toda la comunidad educativa y el resto de grupos políticos, porque de lo contrario será una reforma partidista basada sólo en mayorías absolutas y muy apartadas del sentido común. La oposición ya ha afirmado que la derogará en cuanto pueda. ¿Con qué derecho jugamos entonces con el futuro de nuestras generaciones? ¿Por qué nos creemos omnipotentes para decidir el futuro de este país? La educación es una de las grandes asignaturas pendientes que han tenido todos los gobiernos de derechas e izquierdas, y sólo mediante un gran pacto podremos garantizar estabilidad para que el día de mañana podamos competir con un sistema igualitario y ambicioso. Es una deuda que tenemos con el futuro de las generaciones venideras.

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