Desde mi ventana
Carmen Heras

Tratamos de iluminar los hechos de nuestra vida con tintas de colores variados. Y hasta retroalimentamos los recuerdos con las apreciaciones de otros. Sucede así que nuestra historia y creencias son fruto de nuestra propia decisión en cada caso, pero también producto del azar y la fortuna. “¿Qué hubiera pasado (me preguntaron ayer) si no hubieras decidido venir a Cáceres, y en su lugar hubieras desembarcado con toda tu energía en otro sitio distinto a éste?”. No puedo saberlo, aunque jugaré con una hipótesis. Probablemente, hubiera hecho caso a mi padre, dando clases en el colegio libre adoptado, que quiso contratarme, o, quizás, un año después, hubiera recalado en un centro universitario de Castilla, desde donde también me llamaron.

Así que sí, en mi vida, he tenido opciones. He elegido. Y creo haber acertado con la respuesta a mis propias peculiaridades porque nunca me arrepentí. Dí un giro (varias veces) a mi propio itinerario vital, iniciando nuevas etapas. Algo que, andando el tiempo, se me reconocería.

Nos retroalimentamos unos a otros, pero eso no quiere decir que debamos ser hermanos siameses para todo. Existe lo que yo llamo el asunto de la libertad personal que debe defenderse siempre. El derecho de pensar y de hacer por uno mismo, sin cortapisas, dentro del marco de lo legítimo, conforme las normas legales establecidas. La aldea mediática en la que vivimos suele ir contra esto. No le gustan los espíritus libres, aunque consienta a algunos (bien por la decidida voluntad de éstos, o por disponer de algún contraejemplo con el que defenderse de las críticas de quienes “echan pestes” de un mundo tan adocenado, donde todos vestimos y nos divertimos igual, leemos las mismas cosas y no se admite (de verdad) al disidente.

Hay una tan excesiva politización de cualquier tema, que las alertas se disparan unas veces desde la derecha, otras desde la izquierda, y a veces desde las esquinas. Al interpretar el mundo en clave partidaria ocurre que muchos posicionamientos son más una consigna que una concepción reflexiva. Muchos creen que cuando la derecha grita, la izquierda debe defenderse. Y viceversa. Y no hay más que hablar.

Esta creencia -retroalimentada fuertemente por la tribu- cuando se generaliza, consigue no solo resquebrajar el tranquilo vivir entre humanos, sino también una deformación del análisis de cualquier tema, simplificándolo al máximo y, casi siempre, de manera subjetiva. Asuntos como la sanidad son un ejemplo. Cuestiones sobre si debe ser totalmente pública o no, o si se permiten dentro de ella los conciertos privados con clínicas o servicios, no pueden dilucidarse a “golpe de trompeta” entre “buenos” y “malos”. Entre otras cosas porque hace mucho tiempo que la sanidad en general necesita un profundo estudio de su quehacer diario, pues aún siendo grandes los recursos que se emplean en ella, tiene carencias que quizá no puedan subsanarse sólo con incorporar más fondos al apartado sanitario en un presupuesto autonómico. A mi me parece muy delicado el hecho de introducir el factor populista en una cuestión tan crucial como ésta para la vida de los españoles sólo porque se crea que eso alimentará las opciones de ganar en alguna consulta electoral de nuestro suelo patrio. A la vuelta de la esquina, cualquiera puede encontrarse con el mismo dilema. De hecho ningún presidente autonómico ha criticado a la comunidad madrileña. Por algo será.

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