La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Ya hace muchos años. Tantos que tendría que poner a prueba la memoria y a lo mejor me llevo un disgusto, por eso de que algunos recuerdos, sin la ayuda de internet, se van diluyendo hasta que se enturbian o desaparecen. Presenciaba la conferencia de una escritora con la que había coincidido muchas veces -hasta alcanzar la categoría de conocidos- y cuya obra me agradaba. Eso de conocer al autor resulta unas veces regocijante, otras no tanto, pero en este caso aportaba muchos más beneficios que perjuicios. Entre otras muchas cosas interesantes, utilizó una expresión que se me ha grabado acerca de la lectura: Nunca se olvida el primer libro que no llegaste a terminar. Discrepo de compararlo, como ella hizo, con momentos tan memorables como el primer encuentro amoroso -satisfactorio o no, del todo inolvidable-, el día que acabaste la universidad, qué estabas haciendo mientras los terroristas derribaban las Torres Gemelas o con quién compartiste lágrimas aquel sábado en el que todos nos enteramos de la muerte de Miguel Ángel Blanco.

Para una persona como yo, formada en las letras por la afinidad hacia ellas tanto como por la aversión a los números, esa expresión parecía más un reto que una curiosidad. Me vino un título a la cabeza antes de abandonar el salón donde se había desarrollado la conferencia: El otoño del patriarca, obra no de las más conocidas del afamado Gabriel García Márquez (con nombre y apellidos, que eso de Gabo entiendo que surgió en el círculo más íntimo y un servidor no disfrutó de él). Por esos años, la segunda hornada del realismo mágico -con el de Aracataca como adalid, premio Nobel incluido- había asaltado a la Vieja Europa y había abierto de par en par las puertas para que entrara la literatura sudamericana, se instalara definitivamente y dejara de ser una invitada, tras notables incursiones que habían dejado un agradable regusto.

En mi mundo de entonces, solo en el académico, que había otros, tu prestigio se sustentaba en el número de obras literarias que metías en las alforjas, pero también en la complejidad y el reconocimiento que las autoridades literarias (aquí caben profesores, críticos, literatos de diferentes valías, lectores a los que consideras más avezados, premios…) les conferían y te cuidabas mucho de ir contra los derechos adquiridos de algunos autores que habían alcanzado la categoría de intocables.

Utilicé la obra del ilustre colombiano como referencia en un trabajo sobre literatura de dictadores en el que incluí El señor presidente, del también ensalzado por los suecos Miguel Ángel Asturias; Epitalamio del prieto Trinidad, del no tan laureado Ramón J. Sender, pero que siempre me dejó un indeleble recuerdo y, cómo no, Tirano Banderas del inefable Ramón María del Valle Inclán. Lo compuse y lo entregué -varias veces, que los trabajos se heredan como el resto de los bienes terrenales y uno tenía amigos en las siguientes promociones-, pero conseguí evitar que alguien notara el gran secreto que albergaban esas líneas: jamás pude terminar El otoño del patriarca.

Muchos años después, aunque no frente al pelotón de fusilamiento, confesé que no había podido llegar a la última página de una de las obras del autor más determinante de los últimos años, ensalzado, admirado, premiado hasta la exasperación. Hube de superar un pudor tan enraizado que más parecía que ocultaba una infidelidad o el histórico robo en el monedero paterno que nunca pudo aclararse. Sí, lector, fui un cobarde. Me faltaban por masticar las treinta últimas páginas -todavía me faltan y no pienso leerlas, por orgullo-, pero me había aburrido tanto que me pareció una buena compensación antes que reconocer que una obra del autor de moda me había hecho dar tantos cabezazos que me había dejado secuelas en el cuello y en la sensibilidad. Pero fui un cobarde porque nadie lo supo, porque no tuve valor para proclamar ante la Humanidad que un filólogo también se aburre y que algunos libros se le caen tantas veces de las manos que es mejor dejarlos definitivamente en el suelo; fui un cobarde por no reconocer que algunas obras no dejan en ti secuela porque quizás no tienes la debida preparación (siempre lo dicen los más repelentes) o sencillamente las almas de autor y lector viajan por caminos paralelos que nunca llegarán a cruzarse, razón más misericordiosa. Eso sí, al menos en mi casa esas obras descansan en unos elegantes anaqueles, aunque solo parecen tener vida cuando -por piedad- quitas el polvo, que este no distingue entre las que te gustaron y las que no.

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