Mariano Rajoy, Causa sin rebelión

Las dos primeras e intensas semanas del ‘Juicio del Proces’ además de ofrecernos un ramillete de interesantes testimonios de acusados y testigos, parecen dejar claro que la causa independentista y sus acciones en septiembre y octubre de 2017, aunque contenían rebeldía hacia el estado, fueron una causa sin rebelión. Es decir, sin una violencia organizada y generalizada contra las autoridades del Estado. Lo que está claro es que hubo desobediencia continuada hacia las instituciones. Cuando concluya la causa, sabremos si además de desobediencia, el Supremo aprecia también delitos de sedición y malversación.

Entre los testimonios de los testigos destacan los de el ex presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y el del Lehendakari Urkullu, por antagónicos en su planteamientos y por lo que rebelan de su forma de ser y trabajar. En los argumentos del primero, podemos vislumbrar su habitual capacidad para no decir mucho más allá de lo evidente, pero también vemos en Rajoy una prudencia como hombre de estado que no se percibe ni por asomo en su sustituto al frente del Partido Popular, Pablo Casado.

En el relato de los hechos del Lehendakari, sin embargo, no vemos ninguna imprecisión, sino todo lo contrario, hemos visto método, racionalismo, seriedad y trabajo. Y una enorme responsabilidad para intentar evitar muchas de las situaciones que hemos visto. Su testimonio y papel dentro de la historia del proces desnuda muchas de las vergüenzas de sus protagonistas, sobre todo, de Puigdemont y de Rajoy. Sus dudas, falta de comunicación, empatía y decisión provocó el cisma entre dos instituciones del estado. La locura independentista y su delirio de éxtasis democrático malentendido hizo el resto.

Esta semana ha recordado la Vicepresidente del Gobierno Carmen Calvo que ellos no hablan con los independentistas, sino con la Generalitat. Es muy importante ese matiz. Ya que el poder de la Generalitat emana del Estado, por tanto, es parte del mismo y nunca, bajo ningún concepto, en nuestra democracia, el diálogo institucional entre el Gobierno y la Generalitat puede romperse. Y eso es algo que Puigdemont y Mariano Rajoy, no supieron entender.

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