La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Recuerdo con detalle la última vez que nos vimos. Tu padre había muerto tras una enfermedad larga y cruel que le había convertido en un involuntario monje de clausura, postergado e incapaz de tenerse en pie para disfrutar de los encantos de la sierra con la que mantuvo un apasionado idilio hasta su marcha. Lo enterramos aquel día y con él desapareció el último incentivo para visitar el lugar donde viste la primera luz. Tus visitas se habían reducido a los entierros de los allegados: primero dejaste de acudir a las fiestas de agosto en las que el pueblo rejuvenecía y aparentaba ser el de antes; después te ausentaste de nuestros encuentros otoñales para recoger setas y disfrutar de la inigualable muestra de aromas y colores de esta hermosa tierra; por último, te desentendiste de las convocatorias en las que alguno de tus amigos de la infancia tenía algo sagrado que celebrar. Es fácil entender que el lugar que te ha acogido se encuentra muy lejos, que nuestro pueblo está tan mal comunicado que parece mucho más lejano, que las nuevas relaciones apagan el fulgor de las antiguas y que la memoria es endeble, quebradiza y caprichosa.

Te echamos mucho de menos porque no podemos olvidar los momentos resplandecientes que compartimos durante la infancia y la juventud, hasta que hubiste de emigrar asfixiado por la escasez de oportunidades, la acuciante parálisis de nuestra comunidad y el recelo hacia el futuro. La vida te exige a menudo la toma de decisiones que no sabes si depararán felicidad o aflicción, pero ello no te obliga a desvencijar tu memoria y olvidar a quienes te acompañamos durante el tiempo que más fácilmente arraiga en el recuerdo.

La vida te exige a menudo la toma de decisiones

Es que se te ve tan cambiado… Casi no somos capaces de reconocerte. No puede ser más inexcusable que te adaptes al lugar en el que habitas -hasta resulta forzoso si deseas darle a tu existencia una pátina de naturalidad-, pero eso no te obliga a despreciar tu pasado.
Primero fue tu cambio de acento. En nuestro pueblo siempre hemos hablado de manera particular, muy reconocible, y aparte de las incorrecciones suele gustar al que lo escucha. Tú te has esforzado por perderlo e imitar -de manera tan artificial que linda con el ridículo – el de los que ahora son tus vecinos hasta conseguir que no te entendamos. ¿Sabes?, todos los acentos tienen su gracia y todos resultan evocadores.

Después cambiaste el nombre de tu padre y el de tu abuelo por una versión apocopada muy al estilo de los moradores de tu nuevo mundo. Se supone que así pasarás desapercibido, no tendrás que dar explicaciones de tu procedencia (evitarás así el sonrojo), aparentarás que tus ancestros llevan por allí desde que el ser humano camina erguido y, por ende, podrás despreciar a los que no actúan como tú.
Por último -y eso no te lo permitiré más- en cada una de tus últimas visitas nos trataste como si vinieras de Marte con el encargo divino de civilizar, aleccionar y redimir a los incautos que no decidimos abandonar el lugar que nos vio nacer.

Solo debes recordar que la jara huele igual de bien, que el otoño ha traído tantos colores que no se pueden enumerar, que aquí ni los niños se asustan de una vaca y nadie se tapa la nariz ante una boñiga. Además, tenemos internet y nos enteramos de lo que ocurre en el mundo; eso sí, las carreteras siguen siendo las mismas y se te hará largo el camino… si alguna vez vuelves.

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