Desde mi ventana
Carmen Heras

Cuando pase todo lo que estamos viviendo, tendremos un regusto amargo en la boca. Por el peligro de la situación originada, por la dificultad y duración de la reconstrucción económica y social. Eso, y el dolor por los fallecidos. No volveremos a ser los de antes. La Naturaleza seguirá asistiendo impávida a la tragedia de los humanos, al fin y al cabo somos una ínfima parte de ella. Es primavera en el calendario, pero ha vuelto a hacer un frío de invierno e incluso ha llovido. Así y todo, cuando el mundo salga de esta crisis, deberá ponerse a trabajar con ánimo colectivo de vencedores. No queda otra.

Los medios de comunicación están haciendo muy bien su trabajo, sobre todo la radio, nos informan, nos asustan, nos tranquilizan y nos entretienen. Explican que ha transcurrido una década en la que no se ha invertido lo suficiente en Sanidad. España, muy rezagada respecto a la media comunitaria. Y eso, en unas circunstancias como las que vivimos, se nota. Los de una cierta edad llevamos un tiempo denunciando que últimamente se han dejado perder demasiadas cosas, sin ser sustituidas por algo igual o mejor. ¿Qué hubiera pasado si hubiera habido un control exhaustivo de las condiciones sanitarias de cualquier residencia de mayores, sabiendo cómo se sabe que los ancianos tienen patologías en razón de su edad? ¿Si el sistema público de sanidad hubiera tenido mayores recursos humanos y materiales? ¿Si se hubieran realizado verdaderos planes de formación e investigación para sus profesionales? ¿Qué habría sucedido si la sanidad no hubiese estado tan troceada, dividida en 17 partes y todas funcionasen dependiendo y coordinándose en un verdadero y firme tronco central? Ya nunca lo sabremos.

Somos olvidadizos. Alguien debiera recordar que después de la crisis económica de 2008 vino una etapa de austeridad en el sector público durante unos 10 largos años, de la que aún no se ha salido totalmente. Durante este tiempo las “normas” impuestas por las “altas esferas” españolas y europeas fueron “bendecidas” por los votantes puesto que las elecciones las ganaron quienes las propugnaban. El gasto publico quedó muy reducido. Y los que antes habían usado del mismo para el bienestar de la ciudadanía fueron defenestrados por “ser” poco eficientes y manirrotos y fueron mandados a su casa.

Se acabó así cualquier atisbo de abundancia por imperativo de los órganos comunitarios económicos, aceptando que el sistema de bienestar fuera más de apariencia y menos de calidad. La ciudadania se acostumbró. O al menos, no protestó por ello, creyendo (o aparentando creer) en las razones por las que el gasto público debía ser reducirlo. No se invirtió en “futuro”, pues el día a día lo consumía todo, aunque ese “todo” fuera solo “aparente”. Ni tampoco existieron verdaderos líderes vislumbrando el peligro de estar empobreciendo el “mañana”, entretenidos los gestores (que no gobernantes) de cualquier estamento, en variadas endogamias y discusiones sin fin….Y las protestas sectoriales (de investigadores, sanitarios y enseñantes) nunca cuajaron…a fin de cuentas son “funcionarios de cuello blanco”, bah, unos “privilegiados”, dijeron algunos mentecatos. Y en esto llegó la pandemia del coronavirus y nos puso en el suelo. ¡Ay amigos, resulta que ahora hemos venido a enterarnos de que habíamos abandonado la calidad en cualquier orden y nos estábamos haciendo trampas a mogollón! Somos unos torpes.

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