Historias de Plutón
José A. Secas

Ramón Lorenzo Sanchís, con lágrimas en los ojos, se despedía, antes de que empezaran a zumbar los aviones, de un remoto pasado feliz, cuando llevaba la vida de tendero de barrio madrileño. Había perdido a su mujer y a su hija en el último bombardeo y partía al día siguiente al exilio. Los últimos coletazos de la guerra que estaban perdiendo, se habían llevado toda la felicidad. Acudió a su mente un recuerdo en forma de instantánea costumbrista y quedó suspendido en el tiempo: amas de casa en plan dicharachero, comprando en su tienda, una mujer bella, vigilante y sonriente detrás de la caja registradora, un par de dependientes de toda la vida afanados en sus tareas, un mozalbete colorado en una escalera, una señora clienta de “ave María purísima” entrando por la puerta como una emperatriz y una niña escondida mirándolo todo con ojos negros y redondos. Creyó oír un estruendo de latas que le devolvió a la realidad. La última explosión había sonado muy cerca.

La cara se le iluminaba cuando veía entrar por la puerta del colmado a Doña Rosa, su amor platónico. El aprendiz de la tienda de ultramarinos era un zagal, dispuesto y espabilado, que repartía simpatía entre la clientela. El Señor Ramón estaba muy satisfecho  con el resultado de lo que habría parecido ser un acto de caridad, para con la madre del chico, y se había convertido en un tesoro de su negocio. Fernando atendía a los clientes (mujeres, en su mayoría) con deferencia, educación y unas ganas de agradar, encomiables. El Sr. Ramón le estimulaba y corregía con tantos miramientos,  como ganas de aprender demostraba el chico. A sus doce años, el destino le había propuesto un despertar de la niñez estimulante y tremendamente intenso. Una de las revelaciones que más le perturbaba, era la de la atracción que sufría por aquella señora, que comenzaba a bullir en su corazón, se desordenaba en la cabeza y explotaba entre sus piernas. No podía evitarlo. Resumía en su semblante deslumbrado la palabra amor en todas sus acepciones, pero en su interior, el amasijo de sentimientos extraordinarios alborotaban su presencia de ánimo de tal modo que su comportamiento se volvía un espectáculo.

“Ahí está Doña Rosa”. Con un par de codazos y alzamientos de barbilla se disponía la escena cada día. Era entrar esta formidable señora en la tienda y empezar la función. Al principio, Fernando entraba en shock. Se ponía como un tomate y dejaba caer lo que tuviera entre las manos. El día que colocaba en la estantería alta las latas grandes de atún, por poco se cae de la escalera. La siguiente fase le impulsó a tratar de desaparecer, y en cuanto Dª Rosa entraba por la puerta (o, incluso, un poco antes), salía pitando a la trastienda, al almacén o a hacer un recado pendiente. Su estrategia no duró mucho. El Sr. Ramón le necesitaba y otras parroquianas asiduas, tomaron la situación como el tema diario para animar el corro de la costura de por la tarde. Ni Fernando ni Dª Rosa tenían consciencia de ser los protagonistas de aquella tierna radionovela donde las hábiles guionistas, aportaban con sutileza cambios, sorpresas, diálogos procedentes para que la trama continuara cada día. Todas de acuerdo en buena vecindad.

Y así, Doña Rosa se volvió más solícita sin querer, Fernando más embobado, ella, casualmente, iba subiendo centímetros de tacón o falda y mililitros de colonia y él bajando las miradas ante una sonrisa espontánea, casual o distraída, y tratando de hacerlo (todo) bien. Trabajándoselo, intentándolo, al menos. Fernando demostraba poca consciencia y control del momento y padecía terribles remordimientos a posteriori. Era solo inexperiencia. Las consecuencias eran nimias. Energía vital transformada y ejemplos de la existencia en estado puro. A base de repetirse, los actores, improvisaban el siguiente capítulo con naturalidad, aportando matices y evoluciones a sus inconscientes personajes. Bueno, es que era consustancial. La admiración de Fernando, hacía más bella a Dª Rosa y la franqueza inconsciente con que obsequiaba la señora al infante, era suficiente para avivar un fuego interior que proyectaba el joven aprendiz y calentaba la vanidad y la ilusión de aquella hermosa y poderosa mujer.

Pasado los años, en unas cuantas semanas, todo cambió. Dª Rosa se fue de la ciudad. La despedida fue morrocotuda. Ella lloró y él sufrió en silencio. A los pocos días, Fernando cumplió dieciséis años y tuvo fiesta, regalos y más parabienes de los que nunca hubiera esperado. El Sr. Ramón, aprovechó el momento y subió de categoría profesional (y de sueldo) a su empleado de referencia; además, se empezó a mostrar más permisivo con su hija Adela  cuando se dejaba caer a deshoras y con mayor frecuencia por la tienda. Pero hubo algo más que supuso una guinda amarga en esa vida que Fernando empezaba a paladear: Estalló la guerra. A los pocos días, llamaron a filas a Fernando. Partió y nunca más se supo de él. Aquel joven prometedor, con toda la vida por delante, dejó de existir.

Si; en aquellas semanas, todo cambió. Vaya que si cambió. Como ahora.

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