Historias de Plutón
José A. Secas

Si hay algo evidente y verdaderamente destacado que nos trae este tiempo de confinamiento forzoso es la introspección sobrevenida. Con tantos días y horas encerrados, estamos teniendo más que suficiente tiempo para acercarnos a nosotros mismos, mirarnos y conocernos un poco mejor. Recuerdo a mi jefe de animación de un hotel de Ibiza donde trabajé en verano del 84 que contaba que, siendo un adolescente atribulado, hizo un curso de “Conócete a ti mismo” y descubrió que era gay. Lo decía con regocijo y orgullo. En aquellos tiempos era un acto casi revolucionario salir del armario a pecho descubierto (y a galope tendido). Murió de sida -esa es otra historia- pocos años después y me dejó algunas enseñanzas; entre las más valiosas, esa: “conócete a ti mismo” y vive en consecuencia.

La ordenación de los pensamientos, las reflexiones, la atención o  abandono, la gradación por importancia o urgencia y todos esos procesos mentales, pueden hacer que te pierdas en ti mismo, pero es un ejercicio necesario y, en estos tiempos, casi obligado. Los que tenemos la suerte (o la desgracia) de mirar a menudo en nuestro interior, no dejamos de sorprendernos porque siempre se puede descubrir algo más. Puedes volver a ver esa piedra donde repites tu tropiezo recurrente y pararte a pensar por qué pasas tan a menudo por ese camino sin mirar al suelo. Interiorizas, meditas, asumes, aprendes… (?) probablemente no. Vuelves a dar el traspié. Te perdonas, haces un propósito de mejora y te lanzas de nuevo a vivir “como buenamente puedes”. Algo tienes que aprender. Identifícalo. Tienes teorías, herramientas, metáforas, guías, profesionales, tutoriales… Es cosa tuya. Es cuestión de ponerse.

Estos días dan para dilatar los plazos. Es recomendable hacer el escáner, mirar con rayos, bucear y pararte a observar (que no a ver) y a escuchar tu interior (que no a oír). Es algo más profundo, pero no tanto que te asfixie. En cualquier caso, es echarle un poco de consciencia y reflexión constructiva. Repetir el proceso pero no rallarse y enrocarse en un pensamiento circular que lo único que hace es herir el alma por rozamiento y desgaste. Como siempre, la receta es fácil despacharla (para los demás) y pasas por alto las vigas de tu ojo, pero ahora como es más difícil decirle a la gente lo que tiene que hacer, vas y te aplicas el cuento contigo mismo (o misma). Como consejo, propongo no hacerse culpable, auto-flagelarse, echar balones fuera ni, en consecuencia, quejarte por las desgracias que te pasan. Al fin y al cabo es posible que las cosas no sean como tú crees que son, sino cómo tú te las tomas.
Cuando sepas bien de qué vas por la vida, no seas tan tonto de ponerte a luchar contra tus defectos a la primera de cambio. Es agotador. Céntrate en lo mejor de ti. Lo que te gusta y lo que se te da bien, en qué eres bueno y destacas. Eso es lo que hay que hacer: potenciar los dones y virtudes para que te sientas fuerte y la autoestima la tengas bien servida y dispuesta a trabajar en combatir (o paliar) los defectos y carencias. Ánimo. Dedícate el tiempo que te mereces para crecer, aprender, mejorar y ser feliz. En estos días tienes tiempo de sobra.

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