El iceberg – Microrrelatos
Víctor M. Jiménez

Los fuegos artificiales iluminan el cielo despejado. Cerca de allí, el campo aparece sembrado de cadáveres deformes. En unos segundos todo cambia. No hay color gris para los muertos, ni ningún color. Poco importa ahora tratar de señalar culpables. Pierden los que han sido segados por la guadaña implacable.

El eco de la música sobrevuela los gritos de los heridos y el sonido de las sirenas. Miles de almas celebran en ese momento la noche mágica, mientras el horror, al otro lado de la colina, parte los ánimos más firmes como si fueran cañas secas. Quizás en algún rincón se espera a alguien que no acudirá. Será la hora de las llamadas sin respuestas. Mañana no habrá esperas, pero hoy la ignorancia es el mejor elixir para el corazón, al menos hasta que la noticia corra como un reguero de pólvora.

Cuando el sol regrese, los diarios de la mañana se poblarán de fotografías macabras como si todo formase parte de un espectáculo. La vida seguirá con su latido constante para aquellos que tuvieron la fortuna de no encontrarse con el rostro de cuencas vacías.

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