José Cercas
No recuerdo el primer poema que escribí. Tampoco sé cuándo comenzó exactamente mi interés por la poesía. Lo que sí recuerdo es a algunos de los poetas que me enseñaron a mirar la vida de otra manera.
Mis primeros maestros no estaban en ninguna escuela ni en ninguna universidad. Vivían en los libros. Tenían nombres que hoy forman parte de la historia de nuestra literatura: Lorca, Alberti, Cernuda, Salinas, Guillén o Aleixandre. Sin saberlo, la Generación del 27 fue una de las puertas por las que entré en la poesía.
Con los años he leído a muchos autores y he descubierto otras voces, pero todavía recuerdo la impresión que me produjo encontrar aquellos versos donde convivían la música popular y la cultura más exigente, la tradición y la modernidad, la emoción y la inteligencia. Había en ellos algo distinto. Algo que parecía dialogar con el pasado sin dejar de mirar hacia el futuro.
La historia nos cuenta que la Generación del 27 nació alrededor del homenaje a Luis de Góngora celebrado en Sevilla en 1927. Y es cierto. Pero siempre me he preguntado si Góngora fue realmente el origen o, más bien, el pretexto.
Porque aquellos jóvenes poetas estaban buscando algo más profundo. Querían renovar la poesía española sin destruirla. Querían reconciliar la tradición con las nuevas corrientes artísticas que llegaban de Europa. Admiraban a Góngora, sí, pero también a Juan Ramón Jiménez, a Gustavo Adolfo Bécquer, a Rubén Darío, a Antonio Machado, a Walt Whitman, a la poesía popular y a las vanguardias.
Con el tiempo comprendí que la Generación del 27 no surgió de la nada. Como todos los grandes movimientos literarios, fue heredera de muchas voces. Tal vez por eso sigue resultando tan cercana: porque en sus versos conviven siglos de tradición y el deseo permanente de reinventar la poesía.
Quizá por eso lograron algo excepcional: construir un puente entre mundos aparentemente opuestos. Si Góngora les enseñó las infinitas posibilidades del lenguaje, Machado les recordó que la poesía también debía caminar junto al hombre.
Federico García Lorca encontró la universalidad en la raíz popular andaluza. Rafael Alberti convirtió el mar y la nostalgia en una patria poética. Pedro Salinas exploró el amor como una forma de conocimiento. Jorge Guillén persiguió la plenitud de la existencia. Luis Cernuda hizo de la soledad una de las voces más intensas de la poesía española. Vicente Aleixandre llevó la mirada poética hasta los límites de la condición humana.
Cada uno siguió su propio camino. Sin embargo, todos compartían una misma ambición: ampliar el territorio de la poesía.
Quizá por eso siguen hablándonos un siglo después. No porque pertenezcan a una generación concreta, sino porque escribieron sobre cuestiones que nunca dejan de acompañarnos: el amor, la libertad, la memoria, la belleza, el tiempo y la muerte.
Cuando hoy releo a aquellos poetas, vuelvo a encontrar algo del joven que fui. Aquel lector que comenzaba a descubrir que la poesía podía ser música, pensamiento, emoción y conocimiento al mismo tiempo.
Y sigo pensando que, detrás de aquel homenaje a Góngora, había algo más importante que una celebración literaria.
Había una generación que entendió que la poesía debía seguir viva.
Quizá por eso, cada vez que regreso a sus versos, no siento que esté leyendo el pasado. Tengo la sensación de estar conversando con algunos de los poetas que me enseñaron a mirar la vida.
Y acaso esa siga siendo la misión de la poesía: ayudarnos a comprender mejor el mundo, a los demás y a nosotros mismos.




























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