VATICAN MEDIA / Zuma Press / Europa Press / ContactoPhoto
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Desde mi ventana
Carmen Heras

Se fue el Papa y aún resuenan los ecos de su visita, la mayoría exultantes y victoriosos. Durante la semana que ha permanecido en España todo parece haber salido conforme a lo previsto, de creer las informaciones relacionadas con el evento.

Dice la información en Internet que un icono es “una representación visual que mantiene una relación de semejanza con el objeto o la idea que representa”; y añade: “su función principal es transmitir un mensaje, concepto o acción de forma rápida y universal…”.
De los iconos siempre les he hablado mucho a mis alumnos porque la matemática los usa con profusión y porque la evolución mental del niño, cuando comienza el estudio, necesita discurrir desde un estadio concreto de conocimiento, con visualización de los objetos, a una etapa en la que no precisa tener delante las cosas para comprender sus características y propiedades, y desde ahí elaborar el concepto que las define, como parte de una clase, un grupo especifico y definitorio. Un ejemplo de ello lo constituye la serie de los números naturales cuya caligrafía, de origen no conocido del todo, hemos aprendido y aceptado en nuestro bagaje, con naturalidad.

Los humanos siempre hemos buscado símbolos para comunicar nuestras ideas, nuestras doctrinas y conocimientos; la historia está llena de aquellos. No solo en las ciencias. Las palabras, por ejemplo, se usan y forman el lenguaje con el que nos comunicamos. Desde el uso del objeto propiamente dicho, los humanos pasaron a su representación, la imagen dibujada de aquel, para por último utilizar los vocablos, las palabras, las unidades básicas con significado del lenguaje humano.

El conocimiento, el saber, necesita del símbolo para expresar la generalidad y ser entendible por el común de los mortales. Las propiedades, las cualidades serian conceptos totalmente inaprensibles sin el símbolo, sin el icono que, a lo largo de los siglos, los humanos hemos inventado para comunicarnos, subsistir como especie y luego transmitirlas.

A nuestra sociedad le gustan los iconos. Se citan sucesos, personas, objetos… como icónicos cuando se pretende una referencia, un modelo digno de ser imitado, bien sea una marca, una canción, un artista, un escritor, un intérprete. La publicidad lo exige, las religiones también. Los imaginarios colectivos y las percepciones de nuestros sentidos se sirven de múltiples simbologías que buscan dar una “explicación”, más o menos certera, de la “verdad” que necesitamos; el acercamiento a la idea que un original pretende “vender”, sea esta una cuestión etérea u otra mucho mas concreta. El símbolo puede expresar la eternidad o cuestiones mucho más concretas con idéntica desenvoltura, aunque la primera sea inasumible y las segundas se refieran a un mundo meramente domestico.

Conocer y usar correctamente los símbolos adecuados no está al alcance de cualquiera. Se necesita mucho tiempo para lograr, en actuaciones y representaciones, la pátina justa que permita la conexión con los individuos a los que se dirigen, una inteligencia educada, un saber hacer. Vuelvan amigos, nuevamente, al recuerdo de la estancia de León XIV en España donde los símbolos-iconos han abundado por todas partes, han dirigido los actos y las expresiones. La Iglesia es una gran maestra de todo ello, se nota. Y nadie puede negárselo.

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