c.q.d.
Felipe Fernández

Que los kilómetros ya no miden mil metros es una obviedad; las nuevas tecnologías, las redes sociales y los artilugios electrónicos han acortado esa distancia de manera notable. Las comunicaciones han cambiado de tal manera que las relaciones epistolares han quedado para la literatura y la nostalgia. Y, sin embargo, a pesar de las apariencias, a pesar de la proliferación de los chats de amigos, del uso habitual de algunas redes que te permiten comunicarte en el momento con personas que viven a miles de kilómetros, algo se ha perdido. Sea por las prisas injustificadas de la vida diaria, sea por el exceso de compromisos prescindibles, aplazamos los encuentros sine die y nos refugiamos en chistes, “memes” y banalidades varias que, lejos de disminuir la distancia, la aumentan de manera muy considerable. Así, los días se suceden, se acumulan los años y, cuando por fin

Si seguimos dejando tareas para el final del camino, se nos acumularán y no podremos resolverlas

conseguimos dejar de lado todo lo demás, cuando por fin llega el consenso en torno a una buena mesa o un buen destino, nos alegramos tanto, tanto tanto, que nos prometemos solemnemente no dejar pasar el tiempo para el siguiente encuentro. Pero las buenas intenciones son, a menudo, manejables y, una vez más, aparecerán las excusas conocidas y las dilaciones justificadas que harán olvidar la euforia con más facilidad de lo previsto. Así las cosas, escucharemos las quejas de otros, nosotros mismos nos lamentaremos por dejar que la pereza nos venza e intentaremos apaciguar nuestra frustración con justificaciones poco o nada justificables. Por eso celebro que algunos grupos hayan decidido poner una fecha anual a sus citas, y sea por parentesco –las conocidas como “primadas”- o por lazos de amistad, la fecha cierta conocida de antemano constituya un serio impedimento para formular excusas. Si usted pertenece a algún grupo en el que sus miembros vivan en distintos lugares, siente un fuerte impulso por reunirlos y conserva el ímpetu necesario para tomar la iniciativa, me permito animarle a dar un paso adelante. Y si, de repente al leer estas líneas, recuerda a alguien que vive lejos, le echa de menos y piensa cuánto le gustaría compartir un rato, no lo dude, hágalo. Porque si seguimos dejando tareas para el final del camino, se nos acumularán y no podremos resolverlas. Y a lo peor, cuando encontremos el momento y venzamos la pereza, ya no podremos, porque la vida es caprichosa y te guarda sorpresas cuando menos te lo esperas.

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