La amistad y la palabra
Enrique Silveira

El sonido de sus sempiternos tacones auguraba su presencia en la clase. Se accedía a esta por un angosto pasillo flanqueado por percheros en los que dejábamos los abrigos durante el invierno; a otros profesores les servía para alertarnos de su inmediata aparición mediante sonoras palmadas o voces características, pero a la Señorita no le hacía falta señal de alarma alguna porque barruntábamos su llegada a través de sus decididos andares o al activarse una suerte de sensor que habíamos desarrollado por pura supervivencia; cuando entraba en el aula, ya nos habíamos ubicado en nuestro sitio preceptivo y observábamos inquietos los indicios para determinar si esa jornada depararía risas o llantos.

Con bata blanca, gafas de pasta, tocado de peluquería, adusto gesto y maneras militares, solía llevar la lista del curso en la mano izquierda y la derecha siempre desocupada por si, durante el corto paseo hasta la mesa del profesor, debía acomodarse en el colodrillo de algún despistado que aún no se había percatado de su presencia. Su forma de dar los buenos días era la primera señal; no buscábamos una sonrisa en su rostro porque escaseaban, pero conocíamos sus gestos y, según qué predominara, sabíamos cómo discurriría la sesión. Si había explicado en días anteriores, intentaba averiguar lo que habíamos estudiado y nos tomaba la lección. Aplicaba un protocolo numérico que todos conocíamos, pero con salvedades que producían el desasosiego -aunque hubieras preparado tu intervención- porque el miedo escénico era incontrolable. En esas circunstancias se aprendía a distinguir el respeto del pavor: en caso de error u omisión, Maruja era capaz de devolverte a tu asiento a sopapos por mucho que ya afeitaras tu cara o tuvieses hechuras para trabajar en los muelles. En esos tiempos, tales experiencias se quedaban en el aula y no producían una sospechosa cascada de denuncias o requerimientos; tampoco se acudía con prontitud a la consulta del sicólogo, no fuera a ser que arraigara un trauma que condicionara el resto de la existencia del zagal; más bien esos incidentes abrían un forzoso periodo de reflexión que solía promover una actuación más decorosa en futuras comparecencias.

La Señorita dejó un indeleble recuerdo entre sus alumnos en el que se mezclaban el cariño y el agradecimiento

Los días en los que Maruja nos premiaba con una sonrisa se convertían en festivos; si conseguíamos una carcajada, la jornada se señalaba en el calendario; en el caso de que alguno recibiera una aprobación pública, la fecha la recordaba tanto como la de su cumpleaños.

Que fueses de ciencias o letras era irrelevante: lo que aprendías en sus clases no se olvidaba jamás, luego nadie podía decir que su tarea formadora no se realizaba con extraordinaria eficacia. Que te libraras de una de sus collejas resultaba igualmente improbable porque repartía con prodigalidad y no hacía falta pertenecer a la sección marginal del curso o pasarse al lado oscuro para recibir uno de sus soplamocos: bastaba estar en el lugar inapropiado, dudar unos segundos o andar cerca del protagonista de la fechoría.

Lo que parece una historia de terror no lo es si consideramos que los adolescentes de entonces recuerdan con una sonrisa a aquel torbellino rebosante de rectitud y sapiencia que podía haber sido mentora de la mismísima Amparo Baró. Es más, superado el canguelo que suscitaba en los años escolares, la Señorita dejó un indeleble recuerdo entre sus alumnos en el que se mezclaban el cariño y el agradecimiento. Defenestrada la brusquedad arbitraria en favor de métodos más almibarados, los expertos en pedagogía habrían de reflexionar sobre por qué donde debería residir el rencor lo hace el afecto.


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