Desde mi ventana
Carmen Heras

Ya nos dijo Billy Wilder en “Con faldas y a lo loco” que “nadie es perfecto”, pero sin duda el estereotipo manda demasiado en nuestras vidas. Y lo hace, invencible, en cualquier explicación que se precie. E influye sobre ella. Observen ustedes un ratito y vean. Tanto en el ámbito privado como en el público. En gentes muy civilizadas y en otras que no lo son tanto. A través de él, construimos los héroes y los villanos de nuestro entorno y aún de otros lugares más alejados de nuestras referencias. Con las lentes de los estereotipos lo enfocamos todo. A los intérpretes de cualquier programa de ocio, y a cualquier persona, personaje, hecho y acción, sea cual sea su relevancia. Según el cliché del que partimos y que es el que nos proporciona nuestra propia seguridad de profesionales, expertos, mindundis, etc. Y ¡ay del que no se atenga al esquema vigente en un momento determinado! Perdónenme ustedes que les diga que me parece un pelín estúpido.

De un tiempo a esta parte me he vuelvo ciertamente ecléctica. ¡Erróneo!, grita mi voz interior, y he de rectificar. No me he vuelto, siempre lo he sido. Detesto los peinados para siempre, los perfumes eternos, idéntico color del sombreador para ojos, año tras año… cosas así. Los detesto porque me aburro si continuamente me relaciono, de idéntica manera, con todas estas cosas tan pequeñas. Otras son las importantes.

Quizá sea por eso, por mi fidelidad total a ideas y planteamientos determinados en los asuntos serios. En el cómo comportarse, en el sentido de la amistad, en las lealtades… No es obra del mérito, amigos, sino de la educación. “Nunca engañéis, mis niñas, aunque con ello aprobéis los exámenes”, aún recuerdo que nos dijo nuestra profe súper líder, esa que a los trece años tanto nos influye. Y quizá por ello, para compensar, me distraigo en lo que no es básico en las conductas y relaciones, o incluso puede tomarse como baladí. O tal vez, todo se reduzca al deseo de conocer otras cosas, simple curiosidad.

A menudo leemos frases altisonantes para problemáticas flojas y situaciones débiles, siempre de la mano de quienes tienen la obligación profesional de escribir todos los días. Es comprensible. En la necesidad de concretar una realidad, para ser entendido por el usuario, se les pone nombre a todas las cosas, introduciéndolas en un círculo, a veces demasiado estereotipado, donde los opuestos deben complementarse. O definirse por contraposición. El mérito y el demérito a la par, comparándose. El uno por el otro.

Así por ejemplo, si se quiere resaltar el importante papel de una institución, se ensalza a quien la representa mientras se deja un papel secundario, aunque vistoso, para quien vive la rutina de la vida con él, que se debe abstener de las declaraciones públicas, aún siendo éstas, políticamente muy correctas. O como cuando se repiten una y mil veces los datos altamente “graves” sobre una organización, para justificar las decisiones que toma su contraria en el tablero político, y se hacen alabanzas de algunas situaciones reales como si fueran profundamente extraordinarias, desde (pongamos por caso) el punto de vista económico, cuando todo el mundo sabe que si la economía ha bajado muchos enteros, debido a la pandemia, los datos de crecimiento son mayores que los producidos en una etapa normal, por restablecerse una situación vulnerada. Puro reequilibrio.

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