Desde mi ventana
Carmen Heras

Con estrategias, que bien parecen de fingimiento, intentan persuadirnos de que adaptar los hábitos de consumo diario nos permite disminuir el coste del recibo de la luz, en subida astronómica sin explicaciones convincentes. Y el ciudadano paga, y hace chistes sobre ello, por si la risa volviera menor el desastre que supone para su economía.

De cuando no había agua corriente en las casas de los pueblos recuerdo la soga, los cubos y los pozos, las poleas…Para el aseo, para guisar, para lavar loza y ropa. Una tarea más entre todas las que hacían excesivamente laboriosa la vida en el campo.
De las restricciones de agua que tuvimos hace años en Cáceres, me ha quedado un afán intuitivo por ahorrarla. Disponíamos solamente de unas horas al día para ducharnos y poner la lavadora; cocinábamos con la que guardábamos en botellas, cubos y bidones, y para beberla, embotellada. Al final, no voy a decir que nos acostumbramos pero sí es cierto que no existió nadie que públicamente lo discutiera. No había suficiente líquido y ya. Por entonces, varios compañeros ideamos y escribimos una guía didáctica sobre un consumo sostenible del agua. Fue mucho antes de que las siglas de medio ambiente se pusieran de moda. Iba dedicada a los escolares, pues es sabido que inculcar hábitos de conducta sensatos se debe realizar en edades tempranas.

Hoy, todo parece haber cambiado. También, la autoestima general de los pueblos. La autoestima, ese concepto que una persona o una comunidad tienen de sí mismas. Elevada para algunos y tremendamente devaluada para otros. “Con el corazón descalzo, por un camino de errores” -canta Alborán- escenificando lo amargo de un abandono, cuando uno se echa la culpa, en plena fase de autoestima destruída. Como la de las mujeres víctimas de violencia de género, convencidas de qué reciben lo qué se merecen.

¡Es tan importante la autoestima! la individual y la del grupo. Pero no esa impostada y petulante que encierra tantos temores ocultos, y un sin fin de complejos…sino la verdadera, la que produce una equilibrada salud psicológica en el colectivo. Que llega de la mano de la aceptación por nosotros mismos y por los otros, de las partes esenciales de la personalidad (afirma Maslow). La persona que se autoestima suficientemente sin duda cree en ciertos valores y sabe defenderlos, confía en su propio criterio, vive el presente, sabe resolver los problemas, pidiendo ayuda si es necesario, se siente igual a cualquier otra en derechos y deberes y aprecia los talentos específicos de sus semejantes, al tiempo que se siente valorada, no permite que la manipulen, reconoce sus diferentes pulsiones y sentimientos, disfruta con actividades variadas y es sensible a las necesidades ajenas, respetando las normas sensatas.

De nuestra autoestima cómo región, país, o incluso como europeos, muchas cosas podrían decirse. La España que dominó el mundo es hoy un país como otros tantos, menor que muchos en influencias, con problemas territoriales no resueltos, a medio camino entre la memoria de un pasado a recordar, un presente de supervivencia y un futuro desdibujado. Institucionalizada como estado de autonomías, en plena cogobernanza de éstas con el poder central, que algunos llaman federalismo.

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