(A San Pedro de Alcántara y Enrique Pérez Comendador)

Aupado sobre un pedestal de la esquina de la Concatedral, el santo contemplaba sereno el deambular cada vez más frecuente de los diferentes grupos de turistas que admiraban el austero y armónico conjunto monumental de la plaza de Santa María.

De vez en cuando se acercaban algunas mujeres y le besaban los pies. Él sonreía de manera casi imperceptible, sabedor de que desconocían que, tras sus hábitos de bronce, en realidad, la estatua era una representación del propio escultor, no de San Pedro de Alcántara como las visitantes creían, burladas por los comentarios y chismorreos populares.


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