Paseo

Desde mi ventana
Carmen Heras

Si todo sucediera tal como se pronostica, va a ser tremendo. Desde el nerviosismo espectacular de los sitios provincianos, que observan con sus miradas viejas lo qué ha de venir, hasta la indiferencia de los grandes núcleos de población. Pues resulta que no hay término medio: o perteneces a un sitio o perteneces a otro. Me contaron y no di crédito (aunque es verídico) una vieja historia sobre las dos orillas en el paseo dominguero y semanal: por una, van los de la “prosapia”, no importa que la misma esté fundada simplemente en la convivencia con compañeros de juego de tenis o pádel, diversiones compartidas. Por la otra, van los del extraradio, da lo mismo que vivan en el centro, en una casa bien valorada y estudien en colegio de pago. Lo son, porque no tienen las amistades, o gustos considerados fetén, o no asisten a las celebraciones oficiales… Y luego están los que no se sienten identificados ni con una orilla ni con la otra y por ello escapan de ambas. Y se convierten en algo así como tránsfugas o clandestinos. Desde los años sesenta. Tal cuál. Y sigue.

Menuda trama para una película, y hasta para los Goyas, tan vitoreados últimamente, tan sujetos al rol políticamente dominante hoy, tan correcto y buenísimo. En mi sueño, la otra noche, aparecía una empresaria conocida, bien es verdad que gracias al esfuerzo paterno, lavando platos desordenadamente en un fregadero lleno de espuma que no permitía ver el fondo. Y llegaba alguien y le cogía un cucharón de los grandes y lo llevaba a otro sitio y a otro fregadero para asearlo. Y ni se inmutaba. Craso error.

Uno aprende que las reglas no obligan (al parecer) a todos por igual

Menudo lío si sucede lo que se pronostica: media España, o cuarto y mitad, diciéndole al resto (o a una tercera parte) lo qué se debe hacer. Sin liderazgos consolidados en prácticamente ninguno de los sitios. Sin discursos creíbles. Sin un buen filtro. Los mensajes al natural, en busca de un voto que se escapa.

Escucho hablar a alguien del pasado y me doy cuenta hasta que punto duró la inocencia en mi, que no percibí el peligro. La rabia implícita de muchos, su orgullo maltrecho y mi ceguera. De ocurrir hoy todo, habría tenido mucho más cuidado con los detalles. Pero entonces no me parecieron importantes, pues al no haber recelo por mi lado, supuse (de forma errónea) que tampoco lo había en los otros. Pero existían las suspicacias exquisitas, vaya si las había. Y sobre ellas, los complejos de inferioridad hicieron su agosto. O su julio y enero, quien sabe. Cruzo la calle deprisa entre la multitud y es verdad que ésta parece tranquila en sus asuntos, a su ritmo ordinario. Pero no se engañen ustedes, amigos. Todo está bullendo internamente. El agobio está ahí, y la insuficiencia. Y los problemas y la dureza de las obsesiones. Y el maniqueísmo. Como no…

Y luego nos preguntaremos qué de dónde provienen los bárbaros del norte… y pondremos ojitos y haremos muecas escandalizadas. Y hasta se arengará a muchos sobre lo qué cabe hacer, cuando ya hayan olvidado la costumbre de hacerlo. Y uno aprende que las reglas no obligan (al parecer) a todos por igual. Y que hay quien piensa en grande, aunque no cumpla en lo pequeño, y que lo que tiene claro para lo general se siente incapaz de cumplirlo en asuntos y situaciones concretas. Y esto es lo qué hay.


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