Historias de Plutón
José A. Secas

Hola, soy político y me paso el día tomando decisiones. Últimamente estoy haciéndolo cada muy poco. Me cuesta mucho trabajo (al menos, en apariencia) decantarme por una postura u otra. Mis resoluciones, trato de argumentarlas, justificarlas y explicarlas con las herramientas que tengo. Me dejo asesorar por expertos que (al menos, en teoría) saben más que yo de los asuntos sobre los que mi poder de decisión es determinante. Aparte de escuchar a unos y a otros y debatirlo con colegas que, como yo, tienen que decidir en ámbitos equiparables, trato de no dejarme presionar e influir por terceras personas a las cuales mis decisiones afectan en mayor o en menor medida. Todos quieren que les beneficien mis dictámenes, todos quieren contarme su película, todos me hacen la pelota, me aconsejan, me amenazan sutilmente, me mandan recados, me recomiendan o me cuentan las posturas y actuaciones de otros iguales o contrarios, por si me sirven de inspiración o me revelan lo que no tengo que hacer. Los semejantes a mi, me miran para ver qué decido del mismo modo que yo estoy pendiente de sus decisiones. Nadie se quiere equivocar (y menos, yo). Todos tenemos miedo a pasar por ignorantes, irresponsables, corruptos, improvisadores, monigotes o incompetentes. Todos nos refugiamos en los demás para tratar de eludir las responsabilidades que, si las hubiera, recayeran sobre nosotros por nuestras erradas determinaciones. Queremos nadar y guardar la ropa, buscamos pajas en ojos ajenos, echamos balones fueras y nos consolamos con el mal de muchos; eso si, con mucho estilo. Yo, particularmente, hago lo que tengo que hacer y siempre mirando el bien de todos (en general) y de algunos (en particular) que lo necesitan o se lo merecen. Mis criterios y decisiones están influenciados por mi ideología, por las decisiones de mi partido, por presiones de terceros, tejemanejes varios o ventoleras sobrevenidas, pero trato de dar la impresión de que todo está bajo control, muy bien pensado y que lo hago por el bien de mis votantes y de quienes represento. Pongo vacunas y reparto dinero porque tengo que hacerlo. Es lo que me ha tocado en estos aciagos momentos. Es difícil establecer las prioridades porque todos quieren ser los primeros o necesitan más recursos. Tengo un batallón de funcionarios que trabajan (unos más que otros) para que las leyes que firmo se lleven a cabo. No todo está bien, pero (al menos, en la intención) me creo infalible, legal y bienintencionado aunque me esfuerzo en parecer modesto. Tardo en decidir y eso da la impresión de que lo respalda la paciencia, la reflexión y la justa evaluación, pero, muchas veces, no decido porque no sé o porque tengo miedo o porque me están poniendo la cabeza caliente por todos los lados y me aturrullo. Mucha gente me llora, me pide, me monta numeritos, me lanza indirectas, me hace la pelota, me toca las palmas, me amenaza, me reverencia o me insulta. Es parte de mi trabajo y va con mi sueldo (que no es malo, la verdad). El ambiente donde me desenvuelvo es muy tóxico, existen intereses personales en constante lucha por colocarse por encima del bien común y ahí tienes que estar tú para poner cabeza y orden y ejercer tu liderazgo. Entre la oposición, los compañeros de otras corrientes, los lobos vestidos de oveja y los que andan exhibiendo u ocultando sus navajas, me quitan muchas horas de sueño. Me tengo que proteger y voy cargado de prejuicios porque me tienen tan profusamente y tendenciosamente informado que estoy turulato ya. Los extraterrestres que nos miran desde más allá de nuestro sistema solar, nos ven mal. Dicen que en los parlamentos, los plenos, las comisiones, las sedes de los partidos, los mítines y cualquier lugar donde nos juntemos, hay tal acumulación de energía negativa y mal rollo que todos los que vivimos en y de la política estamos envenenados y que no somos felices de forma sana; que solamente ejerciendo el poder y alimentando la vanidad y el ego, conseguimos satisfacer unos instintos primarios egoístas y perniciosos.  Yo estoy aquí por vocación y servicio a la comunidad, solo me mueve el interés común de mis votantes. Ya sé que esto de “común” y “mis” encaja mal y suena a contradicción pero es así: contemporizando, haciendo equilibrios y malabarismos, realizando una eficaz comunicación y tratando de contentar a todos porque, eso si, nadie que hable conmigo se puede ir cabreado después de un encuentro personal. Toreo con ambas manos, sé decir palabras políticamente correctas, dar vaselina, escaquear respuestas, salir por peteneras y distorsionar la verdad. Eso, en general, es una necesidad. Lo hacemos para sobrevivir y mantener el puesto. Es fácil caer en desgracia y quedar con el culo al aire, por eso, se nos da bien escurrir el bulto y buscar cabezas de turco cuando la cagamos. Esto es lo que tiene ser político (grosso modo). Yo me quedo con la parte buena, claro. Las fotos con famosos (entre los que me incluyo), los viajes, las fiestas y esas cosas necesarias para el ejercicio de nuestras responsabilidades, funciones y mandatos. Para despedirme, solo deciros que esto que habéis leído no responde a la realidad y que es solo el producto de la imaginación de un juntaletras alborotado.

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