José Cercas

Hay plazas que uno no pisa: las habita. La Plaza Mayor de Trujillo es una de ellas. No es solo piedra antigua ni arquitectura detenida en el tiempo. Es otra cosa. Es un latido.
Yo he caminado esa plaza muchas veces. La he visto en silencio y la he visto llena. Y siempre me ha parecido un libro abierto: cada esquina una historia, alguna fachada que se queda, y cada tarde una página que se escribe sin prisa. Quizá por eso la Feria del Libro no es allí un evento más, sino algo que encaja de manera natural, como si siempre hubiera estado esperando ese momento.

Del 14 al 17 de mayo de 2026, la plaza volverá a llenarse de palabras. Y no hablo solo de libros, hablo de personas. Porque una feria del libro no son únicamente casetas o firmas: son conversaciones, encuentros, miradas curiosas, manos que hojean, voces que recomiendan. Es ese instante en que alguien descubre un libro y, sin saberlo, se descubre también a sí mismo.

Siempre he pensado que los libros llegan cuando tienen que llegar. Que uno no elige del todo lo que lee, que hay algo —llámese vida, tiempo o memoria— que acaba poniendo en nuestras manos aquello que necesitamos. Por eso las ferias tienen algo especial: multiplican esas posibilidades, convierten el azar en encuentro.

Recuerdo librerías pequeñas, conversaciones lentas, libros que me han acompañado sin hacer ruido. Recuerdo también el momento exacto en que una frase se queda a vivir dentro de uno. Y de eso trata, en el fondo, una feria como esta: de sembrar esas pequeñas permanencias que luego nos sostienen.

Durante cuatro días, Trujillo será un lugar donde detenerse. Donde escuchar. Donde volver a lo esencial. Habrá presentaciones, autores, talleres, actividades… sí. Pero lo importante será lo que no se ve: ese niño que abre un libro por primera vez con asombro, ese lector que reencuentra una voz olvidada, ese paseo entre casetas que termina en una conversación inesperada.

Vivimos deprisa, quizá demasiado. Y en medio de ese ruido, leer sigue siendo un acto íntimo. Y a veces, casi rebelde. Leer es sentarse frente a uno mismo. Es hacerse preguntas. Es mirar el mundo con un poco más de profundidad. Por eso defender los libros es, también, defender una forma de estar en la vida.

Trujillo merece esta feria. Y la merece no solo por su historia, sino por su gente. Porque un pueblo que se reúne en torno a la cultura es un pueblo que se reconoce, que se cuida, que se piensa.

Yo estaré allí. Como lector, como alguien que aún cree en la palabra, como quien sigue encontrando en los libros una forma de entender lo que a veces no sabe nombrar.

Y ojalá seamos muchos. Porque cuando un pueblo lee, no solo sueña: también se recuerda.

Trujillo te espera.

Y los libros, también.

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