Mi ojito derecho /
CLORINDA POWERS

Tengo una amiga que esta semana se estrena como bloguera feminista. Matizo, se estrena solo como bloguera, porque feminista ya lo era.

Mi amiga ha sido siempre mujer, por tanto, y tal y como ella misma defiende en su blog, ha sido siempre feminista. No quema sujetadores a las puertas del Congreso, no castra a los hombres, no insulta ni desprecia al sexo opuesto, no se besa con mujeres (al menos no las besa con más profusión que a los hombres).

Mi amiga no ha abortado, las amigas de mi amiga no han abortado, tampoco sus compañeras de trabajo, ni las mujeres de su familia. Pero mi amiga defiende el aborto, y lo defiende como mujer y, por tanto, como feminista. Mi amiga abraza el feminismo como un atributo más de nuestra femineidad. Podríamos decir que mi amiga se sentirá obligada a ser feminista mientras exista el machismo y, sobre todo, mientras este machismo blanda su garrote sobre nuestros úteros. Y ante semejante ataque, mi amiga se defenderá con uñas, pechos y dientes, y lo hará desde las trincheras del feminismo, izando la bandera sobre esas caderas que solo ella decide si permanecen abiertas.

Hoy, Gallardón nos pone a todas las mujeres entre su garrote y la pared, con una propuesta de ley que ataca nuestra femineidad, nuestra inteligencia y nuestra libertad.

Hoy, Gallardón nos insulta, nos degrada y nos castiga. Y lo hace porque él es un hombre (superior) y nosotras, mujeres (inferiores). Lo hace porque cree que puede, porque cree que debe. Pues resulta que ni puede ni debe, ¡COÑO! Y esto no lo dice mi amiga, lo decimos las mujeres, las mujeres feministas con derecho a voto, a veto y a feto.

Nota al título de esta columna: la autora de este artículo es creyente y practicante, hechos que la legitiman para nombrar a Dios con todo el respeto y, por qué no, con toda la razón del mundo.

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