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EMILIO LUNA

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No tendría ni 27 años. Tan raudo como nervioso entraba en el Ágora Hotel de la calle Parras. El motivo, mi primera reunión como columnista de Avuelapluma.

Allí, me esperaban un puñado de políticos y personajes variopintos que sólo conocía en textos. ¿Qué haría yo allí? Me preguntaba yo ¿Café gratis? No sería una mala respuesta. Sea como fuere mi comodidad macaba puntos negativos —como si se tratara del Nasdaq— y todo apuntaba a una «3/14» en veinte minutos. La primera persona con la que hablé fue José María Saponi.

Agradable, simpático pero estaba más pendiente de sus compañeros políticos. Algún guante por satisfacción que soltar, supongo. Mi segunda parada llegó cuatro minutos después, con un señor de lentes y sonrisa amplia. Sonrisa que no se me olvida ya que durante seis años era lo primero que veía en todos los encontronazos y fiestas de guardar posteriores en las que coincidíamos. Bajo la sonrisa, cámara en mano. Se presentó como Juan Guerrero. Risueño. Locuaz y muy divertido, logró que los nervios se esfumaran y una segunda taza de café llegara.

Hablamos de Cáceres, cine y mujeres. Un par de carcajadas me hizo soltar. Su cercanía significó que me despojara, por un momento, de esa timidez que siempre me acompaña. Siempre que lo veía me acordaba del primer día. La última vez, por el Paseo de Canovas. Me paré, me estrechó la mano y volvió hacerme sentir cómodo. Una gran persona a la que echaré de menos.

Hasta pronto Juan.

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