Las crónicas de Cora
Cora Ibáñez

Dar forma con palabras a las sensaciones que me acercan al conjunto de obras expuestas en el espacio Las paredes del Gran Café, de la mano de Antonio Márquez, es absolutamente perfecto para mí.

Quiero jugar a buscarme dentro de una acuarela.

Dibujar con la mirada sus formas tenues y el sonido que me provocan las imágenes distorsionadas de una neblina en la que se recoge la luz que ofrecen sus paisajes.

Me rompe la gama primera para introducir esas mezclas traslúcidas como si fueran pensamientos.

Y me superpongo capa a capa y me diluyo con el agua de sus pigmentos.

La fuerza del índigo combina con los blancos sacados por absorción de la materia e imprime mis deseos por llegar a un cúmulo de veladuras mágicas que escurren los surcos creados a partir de un camino hacia la libertad.

Creo sensaciones húmedas de momentos pluviosos al contemplar esas brumas marinas o esos blancos níveos invernales, y me sumerjo en la nitidez y en el color despejado de esas formas figurativas, sutiles y elegantes que caracterizan los trazos del pintor y que solo Antonio Márquez sabe transmitirme.

En su conjunto, me muestra un lado intimista que me llena de apreciaciones lánguidas y sublimes en estos momentos sujetos a la imaginación.

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