El iceberg – Microrrelatos
Víctor M. Jiménez

La mujer se detiene. Sus manos continúan sobre la palanca que acciona el mecanismo. Me observa un instante. Lo peor de todo es su gesto: no transmite odio ni dolor, tiene una expresión casi amable, se diría que de ternura. Si al menos hubiera conseguido que me aborreciera podría explicar lo que de otra forma no tiene sentido.

Se gira y da unos pasos. Su belleza entre la penumbra me conmueve. Toma una botella llena de agua y bebe con tragos largos. Se vuelve y derrama sobre mi rostro un poco del líquido que ha sobrado. Esa chispa de misericordia me confunde aún más. Después arroja la botella contra el suelo y el sonido de los cristales rotos retumba en los muros. Regresa a su posición y agarra la palanca con firmeza. Me dedica una leve mirada, intuyo en su boca un amago de sonrisa. Pone en marcha la máquina. Las cadenas se tensan y mis extremidades se estiran con violencia. Siento que voy a partirme. Mis gritos se ahogan por los rincones de este lugar siniestro. Puedo oír el crujido de mis huesos. Unas lágrimas asoman a sus ojos, pero, para mi desgracia, sigue con su tarea sin descanso. En el último instante de conciencia, la imagino besándome en los labios.

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