El origen pagano de la Navidad
Ave, Caesar! Io, Saturnalia!. Cuadro de Sir Lawrence Alma-Tadema de 1880.

 

Con ánimo de discrepar

VÍCTOR CASCO

El 21 de diciembre es el día más corto del año y durante tres días el sol parece detenerse en el firmamento, comenzando, a partir del 25 de diciembre, poco a poco, a ganar fuerza. En una sociedad donde la agricultura era la clave de la supervivencia y la observación de los cielos el único método para establecer un calendario fiable que pudiera indicarles cuándo iniciar la siembra, cuándo recolectar, cuándo acumular víveres para el frío invierno, no es extraño que casi todas las culturas de la antigüedad conmemoraran determinadas fechas “astronómicas”, trasladando a ellas el origen de sus mitos o de sus dioses: los solsticios de invierno y verano y los equinoccios de primavera y otoño darán mucho juego.

Entre el 20 y el 25 de diciembre –contaban las historias– venían al mundo deidades como Apolo, Helios, Mitra, Amaterasu, Frey o Huitzilipoch entre otros, y prácticamente todas las grandes civilizaciones organizaban alguna festividad: la de Cápac Raymi entre los Incas; año nuevo en Japón; el DōnzgZhi en China; las dionisíacas en Atenas; el Shab-e Chelleh zoroastriano entre los persas… Y Saturnalia en Roma.

Durante las Saturnales los romanos repartían regalos, los esclavos domésticos vivían días de asueto, un ambiente de carnaval se apoderaba de la ciudad, había banquetes colectivos en el foro, y en el Templo de Saturno, en la cima del Capitolio, se pedía al padre de los dioses Olímpicos que mirase por su pueblo. El poeta Catulo nos dice que las Saturnales eran los mejores días del año.

Queridos lectores, si Jesús nació, lo hizo entre septiembre y octubre, nunca en diciembre

Tan arraigada estaba la celebración, que los cristianos tuvieron que reemplazarla por una Natividad donde no pocos de aquellos gestos se repetían. Porque, queridos lectores, si Jesús nació, lo hizo (al calor de lo que nos cuenta el Nuevo Testamento) entre septiembre y octubre, nunca en diciembre.

Las primeras comunidades cristianas no celebraban la Navidad. Ni en la fecha aproximada del nacimiento de su deidad ni, por supuesto, en diciembre, un mes tan consagrado a los viejos y venerables dioses paganos. Solo cuando el Cristianismo triunfó en Roma y se impuso, erradicando por la fuerza todos los demás cultos, el 25 de diciembre empezaría a celebrarse la Natividad.

Hoy se sigue haciendo, pero el significado vuelve a ser distinto. Todos son luces, gastos enormes y consumismo desenfrenado para “celebrar” que una familia de inmigrantes pobres, que huirían de un tirano (Herodes) para refugiarse en otro país (Egipto) habían tenido un niño que, ya adulto, proclamaría que para entrar en el Reino de los Cielos había que despojarse de todas las posesiones, incluso del manto que uno pueda llamar suyo, porque “¡cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!” (Lc. 18:24).

¡Que paséis unas buenas fiestas! Ya celebréis a Jesús, a Helios o a Amaterasu. O simplemente, el pasar unos días con amigos y familias.

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